Lluvia, cuerpos y burkinis…

Hoy regresaba a casa tras mi ronda habitual por el barrio. Lloviznaba. Y la llovizna, que me obligaba a andar bajo las cornisas y mirando al suelo, reiteró la obviedad que mencionaba en el post de ayer –la amenaza, la evidencia, del fin del verano.

Por mucho que esta llovizna de hoy en Barcelona tenga poco de otoñal, algo había cambiado de pronto en el paisaje urbano. Y ese algo no es un detalle baladí.

Con la llovizna aparecieron chubasqueros y sombrillas que hurtan los cuerpos. Desapareció por un rato uno de los encantos cotidianos de Occidente: la desnudez, la exposición de los cuerpos, la libertad de ostentar que todos somos cuerpos deseantes.

Probablemente la lectura en días pasados de los escandalitos con las sumisas de Alá que se aparecieron en una playa francesa y una piscina italiana ataviadas con sus burkinis me llevara a lamentar el amago de otoño, a pensar que nos islamiza, porque nos resta el placer de gozar de una de las conquistas más apreciables de Occidente. Ni el sufragio universal, ni la jornada de trabajo de ocho horas: los escotes, mamita, los escotes… y las viejas minifaldas.

En Italia, las madres protestaron ante el burkini colado en piscina municipal: «Asusta a los niños», denunciaron. Sublime contestación. Manifiesto absoluto.

Alguno pensará que qué bobería, que en invierno el sexo se esconde en casa por un rato y nada más.

Pero yo creo firmemente que pasear los cuerpos por la calle, disfrutar de un buen y próximo culo mientras se viaja en el transporte público, encontrarse con dos hermosos pechos en la panadería o el bar de la esquina, coger un «filito» en la escalera mecánica de unos grandes almacenes, encuerarse en la playa sin más cortapisas que el castigo del sol, son testimonio adicional de la superioridad de hombres y mujeres cuyas siluetas no se borran en la arena, por mucho que lo hagan sus rostros según Foucault.

De contra:

Hoy se ha reabierto la estación de metro Kurskaya en Moscú. La cerraron unos meses por reformas. Para sorpresa de muchos la leyenda «Stalin nos educó en la fidelidad al pueblo…» fue restaurada con primor. Poco menos de un cuarto de los moscovitas pasa por ahí a diario.

Definitivamente, a Rusia no se la entiende desde la razón

h/t: Russos, vía Drugoi

26/08/2009 2:29

 

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