Dalilah, Rayan, nosotros

Primero murió Dalilah. Y ahora mataron a Rayan.

Dalilah se paseó por los hospitales. Nadie vio que podía morirse. “I told you I was sick”, dice una lápida en el cementerio de Key West, en la Florida. Fue eso, no la creyeron y acabó muriendo. La primera víctima en España del virus que llaman ahora H1N1, como quien le da nombre a un asteroide, murió por la desidia de los médicos. A Dalilah le practicaron una cesárea para salvar la vida que llevaba dentro. El niño murió ayer cuando le inyectaron en vena lo que debió alimentarlo por sonda nosogástrica. Un error. Un mero error. La vía equivocada y adiós a ese bebé de dos semanas de vida…

Dos muertos de una misma familia en un mismo hospital por errores consecutivos… Anoche, en mi casa, vimos los periódicos y los telediarios como quien asistía a un crimen. A dos.

¿Pago yo mis impuestos para que esa familia de inmigrantes marroquíes, de inmigrantes como yo y los míos, pierda dos vidas, o siquiera una, en Madrid? ¿Qué digo yo? ¿Paga impuestos mi vecino nacido en Salamanca, en Sant Celoni o aquí en Barcelona para asistir todos juntos a la vergüenza de esas dos muertes consecutivas?

La ineficacia, el azar y la mala suerte –el jodido azar y la jodida mala suerte; la intolerable ineficacia- se cobraron dos vidas, una detrás de la otra, de la misma sangre, el mismo apellido.

Se aliaron las tres para mostrarnos un sistema que apenas funciona.

Y ese abuelo –huérfano al revés y dos veces- estalló ante las cámaras. “Un bárbaro”, dirán. “Un extranjero”, se excusarán.

Ese pobre tipo, ese tipo desgraciado, nos ha gritado a la cara la mitad de lo que somos. Lástima que no nos la haya roto.

14/07/2009

 

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