Rostros de la crisis; Obama en BCN

Hacia las diez de la mañana entro en la sucursal que tiene el Banco Bilbao Vizcaya Argentaria en la calle Escorial. Despistado como siempre, molesto por haber salido a la calle con el pelo mojado, más molesto aún porque creyendo que El País saldría del buzón sin necesidad de abrirlo, tiré de él y rasgué las primeras páginas, me puse a la cola –unas diez personas. Tardé en percatarme de que algo inusual estaba ocurriendo allí. Pero detecté de pronto un runrún, un desconcierto, una incomodidad. “¿Un atraco?”, me pregunté.

Me di la vuelta y entonces la vi. Había una mujer llorando. Ya me había perdido el segmento de la súplica, del por favor, del ustedes no me pueden hacer esto. La parte del gimoteo. Ahora sollozaba y sacudía todo el cuerpo, mientras dos tipos trajeados, dos tipos de esa sucursal a quienes conozco de vista, la animaban a marcharse.

“El banco se queda con su casa”, me dijo uno de la cola. Me lo dijo en voz baja, como si no quisiera que sus palabras llegaran a la mujer que lloraba. Como si no quisiera darle él la noticia que ya ella conocía.

Elegante, hermosa, entre cuarenta y cuarenta y cinco años, el banco se queda con la casa que, cabe suponer, esa mujer ya no puede pagar.

 

Hacia las dos de la tarde entro al McDonald’s de la calle Gran de Gràcia. Nos ponemos E. y yo a la cola. Delante nuestro, una anciana de unos setenta años. Una de esas ancianas llenas de vitalidad, peinada con gusto, empolvada con ganas. Cuidadita como una muñeca vieja, pero todavía distante de estar rota. Pidió una hamburguesa de un euro y una Coca Cola, “la más pequeñita, hijo”, le dijo al suramericano que servía en nuestra pista. Contó con esmero las moneditas menudas hasta llegar a los creo que dos con setenta y cinco que debía.

La vi mientras buscaba mesa yo mismo: sentadita al fondo, cerca del área de juegos, erguida en la silla, muy compuesta, firme, digna, llevándose a la boca su minúscula hamburguesita de a peso.

 

A las tres y cuarenta de la tarde, estamos sentados E. y yo en un banco de la calle Verdi. Esperamos para entrar al cine a las cuatro y cinco. Es lunes, hay poco trasiego a esa hora. En el banco de hormigón, nos acompaña una caja de galletas Fontaneda que alguien se habría dejado allí. Una de esas cajas requetepintadas que cualquiera en España conoce. De pronto, vemos a una mujer de unos cincuenta años que camina, creemos, hacia nosotros. Llega, mira dentro de la caja, vacía, repara en que la observamos y se excusa: “Pensé que era un periódico”, dice. Ya a estas alturas, a la tercera va la vencida, examino con atención a la mujer. Es evidente que está avergonzada, pero también en ella advierto un aire de dignidad, una resistencia a dejarse caer, un brillo orgulloso en sus pupilas. Está bien vestida, lleva un abrigo y una cartera, que sin ser lujosos, demuestran gusto y solvencia. Se alejó con paso sereno, como si no pasara nada.

 

Antes, a las doce escuché desde la mesa de trabajo la rueda de prensa que dio José Luis Rodríguez Zapatero anunciando las “medidas” para paliar “la crisis”.

 

Mañana, el trámite de la democracia.

 

UPDATE:

Tan sólo la feliz conjunción de una ciudad de plastilina (ideológica), Barcelona, y un cubano, o ex-cubano, podía parir tamaña ridiculez.

Cabe esperar, me decía alguien hace unos días, que Poseidón, ese viejo con cara de republicano, borre esa dizque «obra de arte» de un tsunami-escupitajo asap.

Quien a estas horas todavía ignore la iniciativa, vea sus presupuestos declarados hace días.

04/11/2008 2:16


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