Otra literatura cubana

Lorenzo García Vega pasó por Madrid a principios de mes. El pasado 9 de junio, Jorge Luis Arcos lo presentó en la Residencia de Estudiantes, donde el poeta llegado desde Playa Albina leyó «Taller de desmontaje», un texto que Arcos considera una poética, y que me avisa saldrá publicado en el próximo número de la revista Encuentro de la Cultura cubana.
Por cortesía de Arcos y Lorenzo García Vega con los lectores de El Tono de la Voz, siguen el texto leído por el primero en la Residencia de Estudiantes y un mini-cuento inédito de Lorenzo García Vega.

 

Lorenzo García Vega. De la angustia de la culpa a la inocencia irónica

Por Jorge Luis Arcos

Quiero anteceder estas palabras de presentación de Lorenzo García Vega con un extrañamiento, la lectura de un soneto de Lope de Vega, aquel que dice: “ ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? / ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, / que a mi puerta cubierto de rocío / pasas las noches del invierno escuras? // ¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras, / pues no te abrí! ¿Qué extraño desvarío, / si de mi ingratitud el hielo frío / secó las llagas de tus plantas puras! // Cuántas veces el Ángel me decía: / “Alma, asómate agora a la ventana. / Verás con cuánto amor llamar porfía”! // ¡Y cuántas, hermosura soberana, / “Mañana le abriremos”, respondía, / para lo mismo responder mañana!”. Retengamos de este poema la noción de umbral, y, acaso, la imposibilidad de la comunión última con la realidad. Entonces, comencemos la presentación.

Imaginemos un centro… Pero ¿podemos imaginar un centro? Tal vez, un claro en el bosque. Acaso, un aleph borgiano, o el tokonoma de Lezama, pero un centro propiamente, sospecho que no. Pero intentémoslo, siquiera sea como un pretexto. En el ámbito perecedero de la historia, Roma fue un centro. Nueva York, sin duda, es otro centro. Tomemos, por ejemplo, un edificio, el Empire State, como un centro imaginario. Supongamos que desde su cúpula podemos ver todo lo que acontece debajo. Entonces nos percatamos de un hombrecito que camina muy lentamente como perdido o como desconcertado por las calles que bordean el edificio. Parece que quiere llegar a este, pero nunca termina por desembocar en la avenida 34. Está en un laberinto. Pero ciertamente ¿quiere llegar al centro?, ¿quiere salir del laberinto? No mueras sin laberinto, le susurra una voz desconocida que se parece a la propia. Quiere, en definitiva, ¿centrarse o salir? No lo sabemos con certeza. Acaso él tampoco.

Es Lorenzo García Vega. Destinado a permanecer siempre en un umbral, en una encrucijada, en una temblorosa frontera o, acaso más exactamente, en un viaje incesante. Sin embargo, a diferencia del personaje de Kafka, siempre frente a la puerta de la Ley como un mendigo, este hombrecito parece disfrutar de su laberíntica periferia. Es que no conoce otra cosa. Sí, dicen que hay un centro, pero ¿quién ha estado en él? Nadie ha soñado con un Centro, ha arrancado allí una flor y la ha conservado al despertar. Entonces, desentendido para siempre del Cielo, este hombrecito se sabe un fragmento de algo desconocido, y, como tampoco cree en Dios (porque si fuera así al menos creería en un centro), entonces el libre albedrío no es un don concedido sino un furioso e incesante devenir. Inmerso, pues, en ese río salvaje, él, de alguna forma, es su propio dios (un dios que se padece a sí mismo).

Pero una realidad sin centro disuelve las jerarquías. Todo, entonces, puede acontecer. Todo es un collage perpetuo, o un cubismo relativista. Claro, es como el principio de incertidumbre. Pero no es sin embargo un simple caos. No existe un caos simple, por lo demás, porque ¿no hay un orden secreto en el caos? Él se reconoce una mancha, un borrón, un error quizás, un turbio fragmento, pero eso no le preocupa demasiado. Sabe que cada paso que da, cada tropezón, cada caída, es un encuentro con lo desconocido, una sorpresa, una epifanía. Ha oído decir que el centro es la armonía cósmica, pero él, de cierta manera, en su eterno arrabal, juega a inventarla siempre, por lo que entonces no hay una armonía clara y distinta sino muchas y todas diferentes. No dice como Bacon que todo azar tiene su justificación (frase que le gustaba citar a Lezama), porque le interesa en todo caso el azar mismo pero nunca su justificación. En todo caso, padece de como un insondable tedio o cansancio metafísico que le impide narrar (reconocerse en) una historia a la manera clásica y mucho menos definir. O es que ese tedio o cansancio ha encontrado en el juego su liberación. Lezama también hablaba de experimentar al azar, y tal vez eso sí le interesa. El placer de jugar: una plenitud que, como sabemos, no necesita ser definida, aunque no pueda prescindir de ciertas convenciones.

En cierta forma Lorenzo es su propio aleph. Lezama, tan surrealista a veces en su escritura, le opuso serios reparos al surrealismo: racionalismo del inconsciente, decía. Pero es que a Lorenzo no le interesa racionalizar nada. Sus inventarios o catálogos son caóticos por naturaleza (pensé decir, naturales). Pero ni siquiera sus collages o su percepción cubista de la realidad acontecen para buscar una armonía secreta. Si esta emerge a veces de sus construcciones o, mejor, de sus deconstrucciones, es como por añadidura. Porque a Lorenzo le interesa sobre todo preservar un ámbito de libertad. Mas no una libertad que suceda por el conocimiento de la necesidad, sino una libertad bárbara, que se baste a sí misma, que no necesite justificarse por un centro último.

Su pensamiento o, mejor, sentimiento o percepción poética (pues no de otra forma puedo calificar su cosmovisión) es el reverso del pensamiento poético del origenismo más ortodoxo, concretamente del de un Cintio Vitier, porque ya sabemos que Lezama escapa siempre a cualquier fácil definición. Vitier ha perpetrado varias como superconstrucciones que anhelan un centro ( Lo cubano en la poesía, Ese sol del mundo moral), además de que cuando ensayó el fragmento (en La luz del imposible), lo hizo como avergonzado, porque a la postre había siempre un centro divino. Pero si había un centro divino, entonces podía haber al menos su provisorio simulacro en la Historia, e imaginó, por ejemplo, que Orígenes era ese centro secreto, y que Orígenes, que era la Poesía con mayúscula, tenía que encarnar en la Historia, y que la Historia, con mayúscula, ¿cuál era sino la Revolución cubana? A partir de este causalismo, o este consciente racionalismo (que termina, ¿cómo que no?, en un aburrido y previsible delirio, o en una empobrecedora versión del principio antrópico), condenó a la cultura cubana a una sombría teleología. A esto conducen los espejismos del centro, de los que Lorenzo huye incesantemente.

Su obra ha ido aligerándose con los años, perdiendo gravedad. De aquellos “pasmosos arlequines” o “marfiles ahogados”, o de aquel “frío” que él describió como nadie en nuestra literatura en “El santo del Padre Rector” (“el frío en que se penetra por secreta vocación”, decía) o, incluso, de la mirada del resentimiento, ha transitado hacia un ámbito cada vez más propio, más singular, menos dependiente de la “angustia” del otro, un ámbito como más libre en su diferencia. Ha mantenido, eso sí, la intensidad de sus percepciones, algo que lo acompañó desde un principio. Repárese en estos versos del primer poema de Suite para la espera:

La locomotora cargada de tesoros sucios.

Me hieren los minutos. Siento el estremecimiento delirante. Desgárrenseme las carnes: percibo el devenir plástico del día. Mi mirada inmadura quiere besar las cosas. Tengo el miedo terrible de perder el devenir, perseguido en la colina y en el río.

Las cosas se me presentan, ay, en majestuosidad imponente. Quiero elevarlas al sol y esconderlas en estuche. Quiero seguir en círculos creciendo

Pero su lenguaje se ha hecho cada vez más menos suntuoso y menos polémico, para llegar a un punto donde la extrañeza del mundo y de sí mismo se incorpora con naturalidad. Es como si hiciera el viaje al revés: de la culpa a la inocencia. Lezama, que pese a su catolicismo trataba de conquistar siempre un espacio de libertad, escribía: “El pecado sin culpa, eterna pena / que acompaña y desluce a la amargura / de lo que cae pero que nadie nombra.”. Ni siquiera Cioran pudo librarse del mito del pecado original. Hay una diferencia enorme entre quien carga la culpa como una vergüenza y quien sencillamente quiere liberarse de ella. Es por eso que Lorenzo, desentendido finalmente de ese determinismo, parece ahora más joven, más “inmaduro”, como un niño sin crueldad aunque con mucha ironía. Y, sobre todo, se ha convertido en alguien que no tiene miedo de decir “no sé”, que es acaso la mejor manera de sobrellevar el miedo, de convivir con él. Claro que esto no significa ninguna beatería o atontamiento, porque en realidad ha refinado el filo y el alcance de su ironía, la cual se ha hecho cada vez más compleja y profunda o, mejor, más sabia, más consciente de su inevitable histrionismo. En última instancia, creer en la Nada puede ser tan redentor –y tan angustioso- (o más) que creer ser siempre hijo de un padre, a la postre, también desconocido…

Ahora escucharemos a Lorenzo García Vega, el polémico autor de Los años de Orígenes, o de No mueras sin laberinto, o de El oficio de perder. Nos leerá una suerte de poética: “Taller del desmontaje” le llama, porque seguramente no le gusta aquella ilustre palabra. Y sin embargo, y sin embargo, como le sucedía también a otro fantasma, a otro jovial o inmaduro (por vocación) exiliado del mundo, Witold Gombrowicz, de tanto huir de la Poesía con mayúscula terminaba siempre haciéndola, viviéndola, lo cual es acaso la única extraña certidumbre que podemos tener en medio del desconcierto del mundo, de esa bruma que lo envuelve todo, como una nube galáctica, y de donde pueden salir, como de una capa de mago, para nuestro asombro perpetuo: “pasmosos arlequines”, arcontes, fantasmas, niños prehistóricos, colchonetas en solares yermos de Playa Albina, universos en cajitas y, por qué no, hasta un casi increíble Lorenzo García Vega…

Madrid, 9 de junio de 2008

 

MINI-CUENTO PARA ENRIQUE SAINZ

Por Lorenzo García Vega

El Infierno está siempre ahí, dentro de la barriga. Sí, el Infierno puede o no ocultarse, pero siempre está ahí, dentro de la barriga. Noche tras noche, día tras día, y siempre dentro. Imágenes, cuentos, recuerdos, ¡qué sé yo!, saltan de ese Infierno que vive en nosotros. Y a veces, repito, se sabe que está ahí, y a veces no se asoma, o sólo se presiente como si fuera un deshilachado –aunque sólido- telón de fondo.
Con mi diabetes, a las tres de la madrugada, y anclada el azúcar en 267, una sudoración me cubre de la cabeza a los pies, y esto cuando un espeso ruido-silencioso me hace pensar obsesivamente en los arcontes. de los gnósticos, me hace pensar en esos arcontes que, sin posibilidad alguna de zafarse de ellos, acaban por taparnos con la capa de espantoso miedo que he conocido durante toda mi vida, y la que, entre otros espantos, al llegar a cubrirnos nos paraliza totalmente.
Observación: hoy sueño, mientras hago esta apuntación, que mientras las hojas de los árboles se han inmovilizado, el sol destila una blancura, tan inquietante, que es como para salir corriendo.

Ilustración: Luca Signorelli, Los condenados en el infierno, 1500-02. Fresco en la Capilla de San Brizio, Orvieto.

24/06/2008 18:43


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