Castro sin Castro

Tras larga jugada en la que agotó todo su tiempo, Fidel Castro acaba de parar su reloj. Abandona la partida.

No fue la muerte la encargada de apartarlo del tablero. Fue la vía institucional.

Así de tedioso es el curso de la llamada transición.

 

Hay noticias que de tan esperadas, casi no son noticia.

Esta, en particular, es una noticia que para serlo de veras requiere de un desarrollo ulterior.

Ahora mismo sólo es un titular o un dato para el historiador, el biógrafo y la gente ociosa.

Sucede, sin embargo, que la extendida certeza de que esta noticia devendrá noticia, la convierte en una desde ya. La titularía: «Castro sin Castro».

 

De las dos variantes previstas, la de renunciar antes del nombramiento o hacerlo inmediatamente después de que éste se produjera, Castro I ha elegido la primera. Abdicar antes de recibir nueva prueba de vasallaje.

Un gesto de esa índole revela su verdadera trascendencia sólo a posteriori. Naturaleza que comparte con la compra de billetes de lotería, las citas a ciegas o la ingesta de fabada.

 

De contra:

«La eficacia de la rutina», titulé una nota que escribí aquí cuando Raúl Castro firmó la convocatoria de elecciones en julio pasado. Les anoto fragmento, por pertinente y por ocupada que tengo la mañana:

«El tiempo y la enfermedad van haciendo lo que nadie se atreve a emprender con gestos explícitos, aunque fueran suaves. Curiosamente, la propia normalidad que han impuesto es la que conduce a la «anormalidad» de la sucesión. De haber establecido un estado de excepción, no estarían convocando ahora estas elecciones y la situación de interinato se prolongaría hasta que enterráramos al dictador.

Hemos de admitir que quienes manejan los hilos en La Habana son graduados de la mejor escuela de marionetas. Manejan con habilidad a cientos de miles de marionetas que pululan por las calles de la isla o la geografía del exilio. Y a barbada marioneta que se entretiene en escribir sus memorias y contar sus batallitas, mientras el país lo adelanta por la izquierda, siguiendo el lento ritmo de la rutina institucional.

Ahora sólo queda rematar la faena en la inauguración de la legislatura que resulte electa. Que con la misma alegría que aprobaron hace unos días enviar la cultura a la cárcel -uf, ¡qué alegre suena eso!- arranquen la etiqueta de “Interino” de la silla de Raúl Castro y se lo consagre como nuevo director de nuestra película nacional.»

Ilustración: Narciso (ca. 1599), atribuido a Caravaggio.

19/02/2008


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