Autismo

Anoche, camino a la cama, me encuentro a Bill Cosby en el Larry King Show. Hablaban sobre niños autistas. Me recordé en Pyongyang, hace veinte años, traficando intercambios de películas en Betamax con los custodios de la Embajada de Etiopía. Su embajador tenía potente antena con la que grababa series y películas norteamericanas. Entre ellas, la de Bill Cosby, por la que sentía especial predilección. Precisamente, me tocaba una mañana recoger casetes con capítulos de esa serie. “Hoy no podrá ser”, me dijo el joven etíope. “Ha pasado antes un ayudante de Kim Jong Il y se las ha llevado todas.” “¿Cuándo las devuelve?” “Nunca se sabe. Dicen que se pasa horas enteras viendo cosas americanas una y otra vez.”

El autismo de los sátrapas. En todo caso, mucho mejor el del coreano, que ensimismarse ante Telesur o los telegramas de TELAM.

 

Comida con mis entrañables J. y M. Libros, complicidad y un celestial trozo de cordero. Y un magnífico motivo para brindar.

 

Turistas:

Arribó este sábado Vuelo Bolívar-Martí

El arribo a La Habana del Vuelo de la Solidaridad Bolívar-Martí, operado por la agencia AMISTUR CUBA S.A., confirma que política y turismo pueden converger armónicamente cuando prevalece la voluntad de defender una causa noble y común.

En la tarde de hoy llega otro vuelo de semejante proyección. El flamante ministro español de exteriores, Miguel Ángel Moratinos, será el primer canciller europeo que visite Cuba desde la introducción de las sanciones de la UE en 2003. El programa de la visita es semejante al de los turistas venezolanos que llegaron ayer. Sólo se diferencia en que serán recibidos por funcionarios de diverso rango. Por lo demás, las mismas ofrendas florales, la visita a la Escuela de Medicina y el desprecio a los disidentes cubanos.

UPDATE: ¡Qué nivel! Descorchan el champagne en las sedes de Meliá, Repsol, etc.

Moratinos se reunirá con Raúl Castro durante su visita oficial a Cuba

Se trata del primer viaje a la isla de un jefe de la diplomacia española desde 1998

EFE – La Habana – 01/04/2007

El ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, se reunirá con el presidente cubano en funciones, Raúl Castro, durante la visita oficial de dos días que iniciará mañana a la isla. Se trata de la primera visita a Cuba de un titular español de Asuntos Exteriores desde 1998.

El encuentro tendrá lugar el martes, segunda y última jornada de la visita de Moratinos a Cuba, ha explicado hoy la secretaria española de Estado para Iberoamérica, Trinidad Jiménez, en una reunión con corresponsales españoles en La Habana.

 

Lectura dominical:

(Rodolfo Enrique) Fogwill

“Muchacha punk”

En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir «hice el amor» es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que «hicimos» ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos «acostamos juntos».
Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso.
Primera decepción del lector: en este relato soy varón. Conocí a la muchacha frente a una vidriera de Marble Arch. Eran las diez y treinta, el frío calaba los huesos, había terminado el cine, ni un alma por las calles. La muchacha era rubia: no vi su cara entonces. Estaba ella con otras dos muchachas punk. La mía, la rubia, era flacucha y se movía con gracia, a pesar de su atuendo punk y de cierto despliegue punk de gestos nítidamente punk. El frío calaba los huesos, creo haberlo contado. Marcaban dos o tres grados bajo cero y el helado viento del norte arañaba la cara en Oxford Street y en Regent Street. Les cuatro –yo y aquellas tres muchachas punk– mirábamos esa misma vidriera de . En el ambiente cálido que prometía el interior de la tienda, una computadora jugaba sola al ajedrez. Un cartel anunciaba las características y el precio de la máquina: 1.856 libras. Ganaban blancas, el costado derecho de la máquina. Las negras habían perdido iniciativa, su defensa estaba liquidada y acusaban la desventaja de un peón central.
Blancas venían atacando con una cuña de peones que protegía su dama, repatingada en cuatro torre rey. Cuando las tres muchachas se acercaron era turno de negras. Negras dudaron quince según dos o tal vez más; era la movida l16 ó l18, y los mirones –nadie a esas horas, por el frío–, habrían podido recomponer la partida porque una pequeña impresora venía reproduciendo el juego en código de ajedrez, y un gráfico, que la máquina componía en su pantalla en un par de segundos, mostraba la imagen del tablero en cada fase previa del desenvolvimiento estratégico del juego. Las muchachas hablaron un slang que no entendí, se rieron, y sin prestarme la menor atención siguieron su camino hacia el oeste, hacia Regent Street. A esas horas, uno podía mirar todo a lo largo de la ciudad arrasada por el frío sin notar casi presencia humana, salvo las tres muchachas yéndose.
Cerca de Selfridges alguien debía esperar un ómnibus, porque una sombra se coló en la garita colorada de esperar ómnibus y algún aliento había nublado los cristales. Quizás el humano se hallase contra el vidrio, frotándose las manos, escribiendo su nombre, –garabateando un corazón o el emblema de su equipo de fútbol; quizá no.
Confirmé su existencia poco después, cuando un ómnibus rumbo a Kings Road se detuvo y alguien subió. Al pasar frente a nuestra vidriera, semivacío, pude ver que la sombra de la garita se había convertido en una mujer viejísima, harapienta, que negociaba su boleto.
Pocos autos pasaban. La mayoría taxis, a la caza de un pasajero, calefaccionados, lentos, diesel, libres. Pocos autos particulares pasaban; Daimlers, Jaguars, Bentleys. En sus asientos delanteros conducían hombres graves, maduros, sensibles a las intermitentes señales de tránsito.
A sus izquierdas, mujeres ancestrales, maquilladas de party o de ópera, parecían supervisarlos. Un Rolls paró frente a mi vidriero de Selfridges y el conductor hechó un vistazo a la computadora, (ensayaba la jugada 127, turno de blancas), y dijo algo a su mujer, una canosa de perfil agrio y aros de brillantes. No pude oírlo: las ventanillas de cristal antibalas de estos autos componen un espacio hermético, casi masónico: insondable.
Poco después el Rolls se alejó tal como había llegado y en la esquina de Glowcester Street vaciló ante el semáforo, como si coqueteara con la luz verde que recién se prendía. Primera decepción del narrador: la computadora decretó tablas en la movida 147. Si yo fuese blancas, cambiando caballo por torre y amenazando jaque en descubierto, reclamaría a negras una permuta de damas favorable, dada mi ventaja de peones y mi óptima situación posicional. Me fui con rabia: había dormido toda la tarde de aquel viernes y era temprano para meterme en el hotel.

Continúa aquí.

01/04/2007 23:27


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