Corresponsales extranjeros en Cuba

Nuestro corresponsal en La Habana

JORGE FERRER

J. M. Martí Font, corresponsal del diario El País en Bonn cuando cayó el muro de Berlín, ha contado como los corresponsales cubrieron la rueda de prensa en la que un despistado funcionario estealemán anunció que el libre trasiego por los pasos fronterizos entre los sectores oriental y occidental de Berlín quedaba abierto.

Atónitos ellos mismos, los periodistas redactaron y enviaron sus notas. Dos horas más tarde se encontraron con que la ciudad era un hervidero de gente. Asistieron al asedio masivo que acabó echando abajo el muro. No fueron sus notas las que provocaron los disturbios, pero la manera en que la multiplicaron sirvió para que constataran el poder de la palabra que circula por los teletipos para saltar de allí a la radio, la televisión, la prensa.

Se trata de un placer que anima a todos los corresponsales que son destinados a zonas de guerra o países sometidos a conflictos. Nadie como ellos asiste al pulso de la historia. Pegados a los protagonistas, gozan del privilegio de narrar la historia –no apenas ”una historia”, sino la historia–, desde una posición de outsiders, que tantas veces les cuesta mantener.

Los corresponsales de la prensa extranjera en Cuba pertenecen a esa raza de quienes viven en la zozobra de la espera por un vuelco en la historia: la caída de un régimen anacrónico, cuya propia perdurabilidad los seduce. Pero no es esa su única zozobra, como narra Isabel García-Zarza en La casa de cristal. Diario de una corresponsal en La Habana, un libro donde retrata la vida de sus colegas a la vez que nos pasea por la cocina de la información que difunde la ”prensa libre” desde Cuba. Una crónica del día a día de quienes concilian el oficio de informar, el embrujo que les produce la realidad de un país donde no sucede nada y la insoportable presión de un estado policial que distingue entre periodistas nacionales y extranjeros tan sólo para graduar la presión.

El relato de Isabel García-Zarza, quien trabajó en la corresponsalía de Reuters en La Habana entre 2000 y 2004, se inicia con su llegada a país que no conocía y da un vuelco cuando comenzó a experimentar ”un miedo a algo desconocido que nunca había sentido antes”. Desde entonces supo que ya no podría contar lo que quisiera, sino lo que le permitiera el Centro de Prensa Internacional, una dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores que funciona como la policía de la ”verdad” que desde Cuba se cuenta al mundo.

Informar desde Cuba implica la condena al cotidiano escrutinio de cada línea que se escriba, estar expuestos al regaño constante, a la vigilancia que lo mismo se manifiesta en el amable compadreo que en la amenaza de revocarles los visados. Nada comparable a la presión que la ley mordaza entraña para los periodistas independientes cubanos, pero igualmente eficaz.

La insatisfacción de quienes exigen una información veraz sobre la realidad de la isla suele pasar por alto que los hilos de noticias que salen de La Habana son el fruto de un permanente estado de negociación con las autoridades cubanas. Y si el interés de las empresas que han conseguido una corresponsalía es mantenerlas a toda costa, muchos de esos corresponsales tensan la cuerda con astucia y entablan un hábil quid pro quo al que debemos una cobertura de la actividad disidente que habría sido imposible hace unos años. Por muchas de esas piezas se responde bajo el aire acondicionado de las oficinas del Centro de Prensa Internacional, cuartel general de los cancerberos de lo que el castrismo llama “la verdad sobre Cuba”.

”Nuestros corresponsales en La Habana”, quienes alimentan la prensa libre que leemos en el exilio y los responsables de la aceptación o el rechazo al régimen en el mundo son profesionales en vilo. Pero cualquiera que siga el estira y encoge de las noticias que llegan desde allá alcanza a sentir la vida que hay detrás de notas con fuentes que piden el anonimato y anonimatos que son manantial del que brota esa realidad que las autoridades cubanas quieren escamotear al mundo.

Como para aquellos corresponsales que asistieron al fin del muro de Berlín, en el Vedado o Marianao hay una ”paladar” esperando darles a ”nuestros corresponsales en La Habana” la sorpresa que hoy apenas consiguen adivinar y, a veces, se atreven a insinuar.

El artículo “Nuestro corresponsal en La Habana” aparece publicado en la edición de hoy de El Nuevo Herald.

De contra:

La casa de cristal. Diario de una corresponsal en La Habana, de Isabel García-Zarza, se puede comprar en la Casa del Libro, etc.

07/07/2009

 

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