La resistencia a la vulgaridad

La revista independiente 33 y 1/tercio que publica en Cuba -más bien, desde Cuba en la Internet- un grupo de entusiastas trae en su último número mi texto “La resistencia a la vulgaridad”.

Leído por primera vez en septiembre de 2004, cuando Kosmópolis. Fiesta Internacional de la Literatura acogió en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) el Café Europa – La Habana, “La resistencia a la vulgaridad” se publicó inicialmente en la revista Letra Internacional (Nº 86, Primavera de 2005).

El número 12 de 33 y 1/tercio puede verse aquí. (h/t: La china fuera de la caja)

La resistencia a la vulgaridad

Por Jorge Ferrer

Estoy caminando por Washington Heights, este espolón de Manhattan hacia el norte, que se cierra en el Inwood Hill Park, con sus ardillas domesticadas, sus patinadores gays, sus abuelos extenuados, sus dos o tres clochards negros, su chateau dizque trasplantado desde Francia, y los turistas que, como yo esta mañana, hemos escapado del bullicio para ver en The Cloisters un ejemplar magnífico del Libro de Horas del Duque de Berry.

No es la primera vez que paso unos días en este barrio, que, al menos en las manzanas en las que me muevo para comer y comprar los periódicos y ciertos dulces que ningún dietista recomendaría, parece un mal sitio para pasar el invierno, con sus largas noches y su inquietante banda sonora, convocadora de ánimos más temerarios que el mío. En verano, en cambio, en los veranos en que he venido desde Barcelona o Miami, este último rincón de la isla, amalgamado alrededor de una calle Broadway ya liminar y que se dirige hacia el Washington Bridge con trazas de camino real, me recuerda algo que no consigo visualizar con precisión en su primer asalto, algo que, no obstante el desasosiego, me produce una plácida sensación de bienestar con mis lenguas, mis pasados, mis marcas.

Los recuerdos, ya se sabe, son astutos y hermosos como zorras. Apenas asoman entre la maleza, casi siempre ―los míos, al menos― están coloreados de rojo y cuesta acertar con el disparo que nos los devuelva o la estrategia de persuasión que los domestique. Hay una razón sincrónica de los recuerdos, que sobreviene y, de alguna manera, diríase que viciosa, que imposible, los preexiste. Como hay una mecánica de la memoria, de la que no ha dejado de abusar la literatura; ésa de que recordamos en realidad los recuerdos, de que la evocación es a su objeto, lo que el último al momento de la Creación.

Si Washington Heights ―o al menos la ruta que mis pasos han trazado dentro de lo que seguramente es un sector administrativo o censal de términos precisos y amojonados por funcionarios de distrito, bomberos y empleados del servicio postal―, es para mí un falaz triángulo cuyos vértices van de la Yeshivah University a The Cloisters, y desde ambos hasta un parquecito al que cada noche de verano uno puede subir a escuchar música, a pie o dejándose llevar por el ascensorista de la estación de metro de la calle 181, también mi memoria de Rusia, mi dependencia de una Bildung adolescente en Rusia, ha padecido, de similares, naturales territorializaciones.

Washington Heights reproduce con cierta fidelidad estas mañas de la asimilación de mis pasados. Hay algo en este rincón último de Manhattan, donde la maldición y los azares del exilio han reunido a cubanos, rusos y ucranianos, buena parte de los últimos, pero también no pocos de los primeros, judíos, en una suerte de Babel decibélica y metastática. Los esteuropeos y los cubanos que han venido a parar aquí son meras mónadas de la constelación del exilio de ambas naciones en Nueva York. Aquí no hay ni las ostentosas identidades que rusos y cubanos sacan a pasear a las calles de Brighton Beach o New Jersey, respectivamente, ni ese poso de tristeza y desazón mal resueltas con las que asocio siempre a La Habana y a Moscú, dos ciudades que me son extrañas, que cada vez me son más ajenas, ciudades que recuerdo cada vez peor y que ya en ocasiones me he descubierto, y sé que les costará creerme a quienes las conocen, confundiendo. Intercambio unas palabras en ruso con el ascensorista de la estación de metro ―se llama Vasili y nació en Jabarovsk― y me veo en otro ascensor, el del hotel Ukraína, en Moscú, 15 años atrás, contándole a otra ascensorista que venía de pasar 20 horas encerrado en una sala del aeropuerto de ¡precisamente! Jabarovsk y que lo único que deseaba era dormir un día entero. Salgo del ascensor de Vasili, llego al parque justo cuando comienza el concierto. Me quedo dormido de inmediato.

XXX

Me detengo en una tienda que es, al menos eso anuncia el rótulo, mitad herboristería, mitad health food… y mitad rusa. Me atiende la Sra. Sytkina ―cuando se gira hacia mí su nariz me recuerda inmediatamente a Anna Ajmátova―. Hablamos primero y poco en inglés, para saltar inmediatamente al ruso, que es la única lengua en la que podemos entender lo que he venido a comprar: beriozovye pochky, brotes de abedul. La Sra. Sytkina me dice que vaya a una herboristería de Brighton Beach, me anota la dirección, me asegura que todo el mundo va a buscar allá esos remedios, que se ha convertido en un lugar de peregrinaje a la diosa Diuresis. Me pregunta si vivo en el barrio, qué hago en Nueva York, cuántos días me voy a quedar, si conozco el restaurante Du côte chez Ivan, me habla de la dueña, amiga suya, los mejores pelmeny, afirma, las mejores sopas, que nombra una a una…

Le agradezco sus consejos y me dispongo a marchar, pero antes, mientras busca el cambio al billete que le he extendido ―me llevo tres periódicos rusos, porque me resulta incómodo haberla molestado e irme con las manos vacías―, me pregunta: “¿De dónde es ese acento tan elegante con que usted habla?”. “De Cuba”, respondo. “Ah, Cuba”, dice muy despacio. “¿Le dice algo el nombre de Iosif Brodsky?”. No me da tiempo a contestarle y añade: “¿Sabe que Iosif tradujo a unos poetas cubanos antes de ir a la cárcel? ¡Qué cosas, ¿no?! Sólo nos une la desgracia: la cárcel, el destierro”. “Poco más que eso”, apenas atino a replicar y salgo a la calle.

XXX

No sé qué cosas reúnan todavía hoy a escritores esteuropeos y cubanos más allá de cuestiones de elemental índole genética, ciencia que nos reúne también con las ratas. Bueno, y eso que llaman humanidad, una entelequia que lleva aparejada su correspondiente memoria negativa, o de la inhumanidad. Qué nos reúne precisamente “en tanto” esteuropeos y “en tanto” cubanos. A mí, si es que todavía alguien confía en mis intuiciones tras haberme confesado capaz de confundir dos capitales tan antinómicas como La Habana y Moscú, me gustaría afirmar que lo que nos une, no por accidental menos decisivamente, es la vulgaridad esencial del comunismo, que se perpetúa en esa Rusia esperpéntica que atisbo desde aquí, y que pervive en Cuba potenciada allá por las vulgaridades adyacentes del barracón y el sobrino gallego: una vulgaridad bufa y casi literaria, pues. Y si alguna misión nos sigue convocando es nuestra experiencia del dolor y de la sangre que ha costado ―¡y continúa costando!― enfrentarse a la vulgaridad que compartimos antes y a la no menos vulgar existencia que padeceremos en el futuro espantoso que oteo desde mi mesa.

La experiencia común y la memoria de tanta vulgaridad ―el GULAG y las UMAP, el Canal del Mar Blanco y el estrecho de la Florida― no deben, sin embargo, tapiar otras puertas, entorpecer otras lecturas, cegar otras vías de acceso. De hecho, me consta que las potencian. Además de vindicar los vínculos espirituales, que debemos al común padecimiento de la represión, nos quedan aquellos momentos literarios que asociamos con esos dos mundos, debido a sus conexiones obvias, menos obvias, e incluso, secretas, si es que conseguimos desentrañar alguna con esa mezcla, y digámoslo precisamente con Brodsky, de “dolor y razón” que ostentó la herborista que ahora vive en Washington Heights, pero que quizás correteó antes por el barrio judío odesita que visitó en los años treinta Joseph Roth… el mismo barrio donde nació Isaac Bábel, asesinado a finales de esa misma década, cincuenta años antes de que yo lo leyera en Moscú, durante una larga noche que no olvidaré jamás.

Las traducciones de Brodsky que me recordó la Sra. Sytkina están en el capítulo de esas vías secretas, esos vasos comunicantes. No las he leído. Los libros de Brodsky fueron purgados de las bibliotecas soviéticas y él mismo apenas se refiere a ellas de pasada en una entrevista. Todas mis pesquisas para establecer los poetas y los versos que tradujo han sido estériles. Releo la trascripción estenográfica del interrogatorio a que lo sometieron aquel 18 de febrero de 1964 en un tribunal de San Petersburgo, entonces Leningrado. Seguramente todos los que hemos sido convocados a este encuentro recordamos ese monumento a la ignominia. El poeta, precisamente por su condición de poeta, estaba ya condenado. Pero su abogado, con una tozudez que en aquella sala tenía mucho de heroico pero también de clownesco, busca atenuantes, eximentes, disculpas. Le pregunta al poeta si no era cierto que permaneció ingresado en el Hospital psiquiátrico Kashenko durante un breve período de tiempo. Brodsky da las fechas. Inmediatamente después le pregunta si no era verdad que acababa de traducir unos poemas destinados a una antología de poetas cubanos. El poeta responde con un lacónico sí. La inmediata vecindad de esas dos preguntas, la que inquiere por su desequilibrio psíquico y la que alude a los poetas de una Cuba entonces recién sumada al bloque soviético, siempre me ha producido un estremecimiento. Traté, con mediano éxito, de trasmitirlo hacia el final de mi novela Minimal Bildung, donde narro el protocolo de ingreso al Hospital Kashenko, que yo mismo padecí hace por estos días 20 años.

Hay aun otro trasvase entre nuestras literaturas, que quizás no se conozca suficientemente más allá de un ámbito, digamos, especializado. Me refiero a la creación de lo que Ricardo Piglia ha llamado “una lengua futura”, un idioma español “forzado hasta la ruptura, crispado y artificial”, en la traducción de la novela Ferdydurke de Witold Gombrowicz. El propio Gombrowicz da cuenta en el prólogo a la primera edición en español de la novela de su deuda con Virgilio Piñera, “distinguido representante de las letras de la lejana Cuba”, lo llama, quien fuera el impulsor de la aparición de ese libro en Argentina y flamante Presidente del Comité de traducción en el que también figuraba otro escritor cubano residente entonces en Buenos Aires, Humberto Rodríguez Tomeu. La detallada historia de esa fecundidad literaria está aún por escribirse y ojalá que también por repetir una y otra vez.

Y habrá que seguir también el rumbo de las propias lecturas, la intromisión topo y tropológica de los avatares nacionales o postnacionales que han conducido a cada uno de nosotros hacia la literatura que leemos y escribimos hoy. Son senderos que se bifurcan, como aquellos de Borges, y que a veces van también soterrados.

Me permito sólo un ejemplo: un día de la primavera de 1986, provisto de cien papeles con sus cien membretes y sus doscientos cuños, accedí al sancta sanctorum de la Biblioteca de Literatura Extranjera en Moscú y leí, en ruso, traducido por Louis Aragon y Elsa Triolet, el Viaje al fin de la noche de Céline, mucho antes de leer su maravilloso panfleto antisoviético, que se publicó, por cierto, en la bonaerense editorial Sur, en la atenta vecindad del propio Piñera. Dicen que Stalin adoraba ese libro que consideró un testimonio de la incontestable victoria del comunismo en todo el planeta.

Las circunstancias de aquella primera lectura que hice de Céline y la boutade, felizmente abortada, de Stalin, me han conducido a considerar desde entonces a Louis-Ferdinand Céline, un escritor ruso y a leerlo siempre como tal. Soy capaz de aportar pruebas, aunque apenas indiciarias, de esa filiación. Revísese, por ejemplo, la manera en que Céline evoca constantemente y con horror a las francotiradoras soviéticas que estaba seguro lo acechaban por doquier, incluso en Meudon, donde su loro Toto miraba de reojo las sopas de la gran Lucette, cuya evocación me hace ahora lamentar no haber atendido a la recomendación de la Sra. Sytkina de visitar aquel proustiano Du côte chez Ivan. ¿Qué otras pruebas me podrían haber esperado allí?

XXX

Así son los recuerdos y las conexiones, de las que seguramente podremos hablar hoy aquí: van más allá de las lecturas de unos a otros, de las influencias, del embeleso de algún poeta ruso ante el verso de Lezama “Как твердо старый мул стремится в пропасть” (“Con qué seguro paso el mulo en el abismo”) o de la lectura habanera del Nevski Prospekt gogoliano.

Son también lobos, además de zorras, los recuerdos, las evocaciones, las vías de acceso. Cuando, el 8 de abril de 1963, Gombrowicz deja Argentina para volver a Europa, tras veinticuatro años de exilio periférico, cuentan que reunió en los muelles a un buen grupo de sus amigos y discípulos, les pidió que se alinearan, como en una rueda de reconocimiento policial, y alejándose un poco les dijo: “Con permiso, los voy a mirar como si fuesen una fotografía”. Y así los entretuvo, mirándolos fijamente mientras subía al barco a punto de zarpar. ¡Agitemos también nosotros aquí, con pathos de pionero estealemán, las manos y los pañuelitos a ese barco que se aleja! La literatura camina sólo a trompicones sobre alfombras rojas. Otra es su artificialidad.

 

UPDATE:

¿Se acuerdan de Pánfilo el que pedía jama el otro día en video habanero?

Bueno, ya tiene su afiche: el Panfilobama, que le ha diseñado Guamá.

Creo recordar que en los comentarios aquí lo proponían para presidente. Pues, eso. Ya tiene jefe de campaña.

30/04/2009 0:33


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