Caleta: Lecturas como islas

La revista Caleta. Literatura y pensamiento, editada en Cádiz, dedica su número 15, de inminente aparición, a los últimos 50 años de literatura cubana.

La nómina de autores que incluye es muy larga. Anoto apenas unos pocos: José Kozer, Lorenzo García Vega, Manuel Díaz Martínez, Víctor Fowler, Jorge Luis Arcos, Enrique Del Risco, Duanel Díaz, Rafael Rojas, Abilio Estévez, Antonio José Ponte…

En ocasión del aniversario del natalicio de José Martí reproduzco aquí, por cortesía de la revista y su editor, que agradezco, el texto que publico en ese número de Caleta, “Lecturas como islas”.

Lecturas como islas

Por Jorge Ferrer

Avanzo en la lectura de El cerco, el ensayo de Mijaíl Kuráyev sobre el asedio a Leningrado en los años de la Segunda Guerra mundial. Es también segunda esta lectura, y aunque tampoco la primera fue inocente, ésta ya no lo es en absoluto. Es la del traductor que ha de verter al español esas páginas escalofriantes y sublimes, como la realidad que describen. El hambre, la extenuación, la muerte en las calles, el asedio cotidiano a los habitantes de una de las ciudades más bellas de Europa y a la que debemos ese perfil del intelectual ruso, el inteligent, en cuyo surgimiento precisamente allí ha visto el propio Kuráyev la manifestación más determinante de la fuerza espiritual y material de la ciudad.

Ya había leído el ensayo antes de comenzar a traducirlo, pero es ahora, absorto en el traslado de una lengua a otra que reparo en un nombre propio, Хосе Марти. José Martí. No se trata de una cita, ni siquiera de una referencia concreta a su persona, de ahí, supongo, que pasara por alto durante la primera lectura esa marca «cubana» tatuada en el texto. Tampoco de una mención al poeta cubano a propósito del dolor de los asediados, o a la humanidad que desplegaron. Y cualquiera que haya leído a José Martí, al sobado grafómano José Martí, sabe que habría sido fácil extraer tantos y tantos de sus apotegmas para intercalarlos en un relato de esa índole.

No, si el nombre del poeta cubano se coló allí fue por razones extraliterarias y hasta, al menos para mí lo son, enigmáticas. La narración de las cuitas de los habitantes de Leningrado, sometidos a una criminal, y eficazmente letal, escasez de alimentos, hizo que las autoridades metropolitanas ordenaran cultivar improvisadas huertas en los parterres que en tiempos de paz servían de ornato a avenidas y alamedas. Y así, nos advierte de pronto el autor, los parterres del Bulevar de la Guardia Montada, a la sazón rebautizado Avenida de los Sindicatos, habían sido destinados a huertas, cuyos improvisados y famélicos horticultores no eran otros que los obreros de cierta fábrica de nombre «José Martí».

¿Cómo apareció en Leningrado el nombre de José Martí aun antes de la «indestructible amistad» entre Cuba y la URSS? ¿Habrá sido acaso por su artículo sobre Pushkin? Es artículo notable, sí, y bien pudo haber sido rescatado ya desde aquellos años por los arquitectos de la Pushkiniana. Pero dista de ser elegiaco y es evidente que fue escrito de segunda mano, como tantas correspondencias enviadas por Martí a los periódicos que le daban de comer. Cuesta imaginar entonces que apenas hayan bastado la dura critica al zarismo que contiene y el alarde falsamente premonitorio –«Si la monarquía no hace una revolución, la revolución deshará la monarquía. Un jefe prudente se hará jefe de las fuerzas que no pueden ser contenidas»– para ganarle nombre de fábrica en Leningrado.

Mas, ¿quién sabe? ¿Quién es capaz de prever la ruta que sigue una literatura para insertarse en otra, asomar súbitamente a una página en la que no se la espera, sorprender fugazmente para desaparecer después pegando otro salto en busca de un nuevo acomodo?

*******

Como para resarcirme de la ignorancia acerca del cómo y el por qué del extraño passage de José Martí hasta los parterres de la Avenida de los Sindicatos, olorosa a pólvora y a muerto, una certeza: Julián del Casal no habría aparecido jamás en la nómina de fábricas soviéticas sujetas al Tercer Plan Quinquenal que la guerra cortó transcurrido el primer trienio.

¡Y no por falta de rusos en sus páginas escasas si comparadas con las de José Martí, por cierto! Escasas en número, claro. No hay en las suyas un Pushkin o un Vereschagin, como en las del autor de Ismaelillo. Pero hay dos escenas deliciosas, dos escenas que dan, digo yo, para que su nombre figurara en el frontispicio de alguna fábrica, Casa de Cultura o hasta islote, cayito, del Archipiélago GULAG.

En texto que se le atribuye a Julián del Casal aparece una fragata rusa que se aleja de «nuestras» costas, un diácono ortodoxo que bendice a los viajeros desde el puente y «evoca el recuerdo de los sacerdotes de Dostoiëwsky (sic), acompañando los deportados a Siberia». Y hay también en su obra una traducción de Baudelaire, donde nos sorprende la siguiente anécdota que habrá tenido que deleitar al poeta habanero: «¡Horrible vida! ¡Horrible ciudad! Recapitulemos la jornada: haber visto muchos literatos, de los cuales uno me ha preguntado si podía ir a Rusia por tierra (tomaba sin duda a Rusia por una isla)».

Ah, los caprichos burocráticos. ¿Cómo no contaron los burócratas que daban nombre al entramado del horror soviético con el poeta cubano por cuyas manos pasó sacerdote que acompañaba a deportados y, sobre todo, esa Rusia falazmente insular?

«Y al ver la fijeza atónita de su mirada», escribió Casal sobre ese sacerdote ruso, «diríase que trata de concentrar en sus pupilas verdes, inmóviles en sus órbitas aporcelanadas, los brillantes fulgores del mediodía tropical, para iluminar con ellos, en futuros días, la blancura helada de las vastas estepas solitarias». Tan solo Rusia consigue sacar de su mano elogio a la insoportable luz de los trópicos. El Casal que abomina del paisaje tropical –«Se necesita ser muy feliz, tener el espíritu muy lleno de satisfacciones para no sentir el hastío más insoportable a la vista de un cielo siempre azul, encima de un campo siempre verde», escribió a la poetisa Nieves Xenes–, se convierte en súbito valedor de resplandores sobre la nieve. ¡Si hubiera sabido que hay pocos espectáculos más cegadores que una llanura cubierta de nieve bajo un sol que brilla lo mismo sobre estepa que sobre potrero!

*******

«Sociedad de Elogios Mutuos», llamó la crítica inclemente al conjunto de poetas y escritores que rodeaban a Casal. ¿A alguien se le ocurre mejor nombre para la sociedad soviética de entonces? Tal vez «Sociedad de Miedos Mutuos». Pero andan cerca, ¿no es cierto?

*******

También yo me colé en Rusia de improviso, aunque llevado allá por cauces más predecibles, cuando no era más que un jovencito de catorce años. Y me colé en otros sitios que distaban de ser coladeros allá, transité otras lecturas, en aquella Unión Soviética de los ochenta. Hay un episodio que ilustra el sorprendente trasvase que se produce a veces entre anaqueles distantes, si bien menos enigmático éste que el caso del enjuto José Martí paseándose por el Leningrado sometido al bloqueo.

Todas las bibliotecas guardan secretos. De hecho, las bibliotecas son una suerte de personaje literario condenado al enigma. Buena parte de mi infancia transcurrió precisamente en una, la de un colegio emplazado en la que hoy se conoce como «la calle 100», pero que antes fue Avenida de Columbia, una circunstancia que equipara la «calle 100» con la Avenida de los Sindicatos que fue nombre que también vino a borrar otro.

No hay ningún secreto en que fuera a esa biblioteca cada tarde: allí trabajaba mi madre y allí la esperaba para regresar juntos a casa subiendo por la cuesta que llevaba a otra biblioteca, la misma a la que comencé a acudir más tarde, ya por propia voluntad y afición a la lectura, la magnífica «Enrique José Varona», en la esquina de… Avenida de los Sindicatos y la calle 51, en Marianao. Y no podía saber el niño de once o doce años que era yo entonces, que uno de los empleados que veía moverse entre los anaqueles era el dramaturgo Antón Arrufat, quien penaba allí el ostracismo al que lo había condenado la política cultural del castrismo. Lo dicho: todas las bibliotecas esconden secretos.

Para secretos, sin embargo, los guardados en la última planta de la Biblioteca de Literatura Extranjera en Moscú, cuando viví allá en los ochenta. Allí, celosamente protegidos de la curiosidad de lectores díscolos, se guardaba la literatura que los ideólogos del partido consideraban perniciosa, capciosa, desestabilizadora. Aquello que ningún buen soviético debía leer, cosa de no convertirse en un mal soviético. ¡No hay como un régimen totalitario para vindicar el valor vigorizante que tienen los libros para el espíritu!

Algún día de 1984 –¡vaya resonancia!– conseguí por fin el carné que me daba acceso a esa planta. No recuerdo ahora qué influencias utilicé para que los cancerberos de aquel peligroso tesoro de papel me franquearan las puertas. En cualquier caso, calculo que la distinción entre cubanos buenos y malos, y el peligro de la transmutación de cubano bueno en cubano malo, no desvelaba ya a esas alturas a los encargados de conceder los permisos, así que el trámite no habrá sido tan engorroso.

Cuál no sería mi sorpresa, sin embargo, cuando al comenzar a manosear las tarjetas del catálogo de libros en español el topónimo «La Habana» comenzó a aparecer una y otra vez. Herbert Marcuse, Jean-Paul Sartre, Alexandr Solzhenitsin, Rosa Luxemburgo, Franz Fanon, Max Weber, Régis Debray… Todos ellos publicados en La Habana desde donde yo viajé allá a los catorce años, y encerrados allí esperando a que me fuera franqueada la puerta.

¡Ay, las bibliotecas! ¡Cuantos secretos guardan! Aunque en este caso, a veces hay suerte, pude rastrear el origen de aquellos mismos ejemplares que me tocó manosear en Moscú.

Entre 1967 y 1971, y bajo el amparo del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, se publicó la revista Pensamiento crítico, un intento de generar teoría política revolucionaria desde perspectivas ajenas a la sovietización que avanzaba implacable sobre Cuba, y acabó enseñoreándose del país en la década de los setenta. También, naturalmente, la colección completa de esa revista, sus 53 números en 49 volúmenes, me esperaban en la «sala oscura» de la Biblioteca de Literatura Extranjera de Moscú.

Años más tarde, supe que inmediatamente después del cierre de la revista Pensamiento crítico, un asesor soviético se apareció al volante de un jeep en la biblioteca de la Facultad de Filosofía en la colina habanera. Traía orden que le permitía llevarse todos los libros que fueran de su interés o, más bien, del supremo interés que lo guiaba… Cargó el asesor de marras con todo lo que estimó pernicioso y, cosa de no dejar en los anaqueles los espacios vacíos que delataran su felonía, surtió con soviética munificencia el templo saqueado con libros traídos de la URSS. Muchos de ellos, por cierto, en lengua rusa.

No es nada descabellado pensar, pues, que los libros con asiento editorial en La Habana que leí durante meses en la vedada planta de la biblioteca moscovita, fueran los mismos que atravesaron El Vedado en el jeep de quien, mal que me pese, he de considerar mi benefactor.

*******

A mediados del siglo XIX, el motivo de los sirgadores del Volga concitó el interés de muchos pintores rusos. El lienzo más conocido inspirado en la sirga de balandros por el enorme río ruso es, claro, el de Ilya Repin, considerado una de las joyas de la pintura rusa de aquel siglo y trajinado por críticos y educadores de toda laya deseosos de convertirlo en símbolo de las penurias de los rusos bajo el régimen de servidumbre abolido en 1869.

Por razón bien distinta, he pensado en la idea de los sirgadores del Volga para imaginar el acarreo que un escritor hace de sus propias lecturas, sus precursores, la tradición o tradiciones en las que se reconoce. Así, mis lecturas «rusas» y mis lecturas «cubanas», tantas veces sucesivas, pero otras tantas entreveradas.

En remansos de escaso caudal, las barcazas avanzan sólo cuando se tira de ellas. No valen los remos. Por eso se requiere de los sirgadores, quienes muchas veces desde la orilla, desde el margen, arrastran la carga. Es así que imagino el oficio de escribir: uno que se practica desde el borde y tirando de un peso enorme.

Si bien el cuadro de Ilya Repin es, decía, la más célebre plasmación de ese motivo pictórico, también otros pintores rusos se encargaron de llevarlo a los lienzos. Lo hicieron Fiodor Vasíliev, Alexei Savrásov… También Vasili Vereschaguin.

Fue precisamente al último que dedicó José Martí, nuestro fantasma de la Avenida de los Sindicatos, el artículo «La exhibición de pinturas del ruso Vereschagin», el segundo de sus textos más enjundiosos sobre Rusia. Allí se lee: «¡La justicia primero, y el arte después! ¡Hembra es el que en tiempos sin decoro se entretiene en las finezas de la imaginación, y en las elegancias de la mente! Cuando no se disfruta de la libertad, la única excusa del arte y su único derecho de existir es ponerse al servicio de ella. ¡Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera!»

Gracias precisamente a tantos sirgadores que han sabido tirar de la barca de la literatura desde los márgenes de esos ríos enlodados que son las autocracias, la literatura rusa, también la cubana, pueden ufanarse hoy de haber trasegado con «las finezas de la imaginación» y «las elegancias de la mente», de ser hoy hermosas islas en el paisaje de la literatura universal.

Ilustración: Ilya Repin: Los sirgadores del Volga (1870-73).

 

El cartel es cortesía de Omar Santana.


29/01/2009
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.