¡Pum! y ¡Plaf!

Es como una obsesión. Tengo que llegar a la página donde fusilan al protagonista. Llegar a ese punto. Leer cómo lo fusilan. Traducirlo del ruso al español. Fusilarlo. ¡Pum! Y el tipo caerá sobre la nieve, ¡plaf!

Avanzo párrafo a párrafo. Sé que lo van a fusilar, porque leí el libro antes de comenzar a trabajar en la traducción. Sé más. Que es un falso protagonista, porque el verdadero emergerá después del ¡pum! y el ¡plaf! Ya se ve venir, aunque espera disparo y desplome.

Pero ahora me domina una sola idea: fusilarlo antes de que acabe el año. Poníamos el árbol de Navidad, veíamos ayer a Perez Hilton y su desternillante selección de videos del año para MTV, discutíamos esta tarde el primer plato de la cena de Nochevieja… pero yo a lo mío: tengo que fusilar a ese tipo antes de que acabe el año.

Enviaba hace unos días la felicitación de Navidad con la magnífica foto de EP a mis corresponsales, revoloteaba por Facebook anoche antes de ir a la cama, pedía una copa de Chardonnay en Shams Lounge unas horas antes, atravesaba el barrio pasada la medianoche después de acompañar a amiga que cenó en casa, y yo en las mismas: ¡a fusilar a ese tipo! ¡Tengo que fusilarlo antes de que suenen las doce campanadas!

Hoy amanece el día treinta. Otros tantos párrafos, más o menos, me separan del ¡pum! y el ¡plaf! El tipo acaba de asomarse a la certeza de su muerte. Lo hizo en ruso y ya lo puse en español. Mi teclado escribió la palabra “fusil” justo antes de entretenerme en estas líneas.

¡Tengo que fusilar a ese ruso ya!: llegar al ¡pum! y al ¡plaf!

Acabar el año tan satisfecho como un verdugo.

 

De contra:

Oye, ¿y de Cuba qué? ¿Ni una palabra?

Para la solución, dos, siempre y desde hace rato: ¡pum! y ¡plaf!

Y esta mañana me desperté creyendo que ya hubo ¡plaf!, aunque, por desgracia, sin previo ¡pum!

 

UPDATE:

La revolución y sus (primeros) días. The Miami Herald trae hoy el testimonio de un piloto norteamericano que estaba en Santa Clara el 5 de enero de 1959.

No tiene desperdicio:

“After landing in Santa Clara, they drove more than 100 miles in a borrowed convertible trying to find him (Castro).

They wound up at a military outpost, where the international press was gathered to cover the executions of Batista loyalists. Gianelloni remembers legendary photographer Robert Capa handing him a Leica and telling him to shoot.

”The walls were stained in blood and chipped at just about shoulder height,” Gianelloni remembers. ‘A priest came out to say that the executions were going to be postponed, because Fidel Castro was coming. All the international reporters started shouting, `Bring them out! Shoot them!’ They wanted to take the picture!

‘The priest was saying, `These men are innocent!”’

30/12/2008 20:02


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