Y Castro llegó al Diario de la Marina

UPDATE:

En relación con la imposibilidad de conectar con Generación Y, blog de Yoani Sánchez, asunto sobre el que me han llamado y escrito muchas personas:

En conversación con Reinaldo Escobar a las 2:30, me asegura no parece haber bloqueo especial sobre el blog.

Simplemente, Generación Y está bajo mantenimiento y deberá estar accesible en las próximas horas.

Alertas siempre, pero no parece ser ésta ocasión de alerta mayor.

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El próximo enero se cumplirán cincuenta años, ¡cincuenta!, desde que Fidel Castro se hizo con el poder en Cuba. Con todo el poder. Todo.

Mucho se escribe en estos días en torno a la efeméride. Sobre el cómo pudo suceder(nos) tal cosa.

Entre otros documentos que he estado desapolillando para atender compromisos conexos con la “celebración”, me gustaría compartir el editorial que el Diario de la Marina publicó el 9 de enero de 1959. Es decir, al día siguiente de la entrada de Castro I en La Habana.

Sirve para constatar que el apoyo a la revolución fue tan absolutamente masivo que incluyó también, y decisivamente, al “decano de la prensa de Cuba”. Los ditirambos que merece el “caudillo” en esta nota editorial no dejan lugar a dudas. El pathos mesiánico de la exégesis del episodio de la paloma que se posó sobre el “Comandante en Jefe” en Columbia es prueba adicional.

Y sirve también para carcajearse. S., quien me ha hecho el favor de mecanografiarlo y a la que había avisado que este periódico fue cerrado violentamente apenas un año después de este editorial, se rió con ganas con esos últimos párrafos acerca de la “libertad de expresión” que prometía Fidel Castro y con la afirmación que hacían desde la redacción del Diario de la Marina sobre cómo les agradecería “la crítica bienintencionada, la reflexión oportuna, la advertencia pertinente”. ¡Cuánto nos hemos equivocado siempre los cubanos!

El deber de todos los cubanos

Editorial aparecido en la edición del 9 de enero de 1959 del Diario de la Marina.

Conociendo la honda raíz católica de nuestro periódico a nadie extrañará que iniciemos estas líneas con la siguiente afirmación: Dios mantiene su mano protectora sobre las naciones; la Providencia vela sobre la vida de los pueblos y la historia no se hace sin que en ella participe la presencia del Altísimo.

Cuba es una nación que merece, por su raigal cristianismo, por las virtudes de sus hijos, la asistencia de Dios. Y -hoy podemos decirlo- no hemos dejado de tener en estos instantes convulsos que podrían ser de desconcierto y de angustia, tan alto y esencial valimento.

Cuando todo el pueblo de Cuba escuchaba ayer las palabras del supremo adalid del movimiento revolucionario, comandante doctor Fidel Castro, pronunciadas desde el polígono de la Ciudad Militar de Columbia, una paloma blanca, una de las muchas que soltó al vuelo la mano limpia de nuestro pueblo, vino a posarse sobre el hombro del Comandante en Jefe del Ejército Rebelde. Nosotros, junto a la mayoría abrumadora de todos los cubanos, no podemos creer que tal suceso haya sido una simple incidencia, una anécdota sin importancia.

No; en la paloma blanca sobre la mano diestra de Fidel Castro vimos un claro signo del Altísimo, porque ese signo universal de la paz traduce e interpreta cabalmente el gran deseo, la voluntad entera, de todo el pueblo cubano.

Ese final de la apoteósica jornada estuvo precedido, igualmente, por claros síntomas de que no es falsa ni vana la esperanza que la opinión pública nacional está volcando sobre el histórico instante que vivimos. Cuando centenares de miles de habaneros se apretaban por todas las calles de la capital para rendir su fervoroso y entusiasmado tributo de admiración al doctor Fidel Castro y a los hombres de la Sierra Maestra, el supremo jefe militar de la rebelión marcó un compás de espera a los aplausos y a los vítores para ir a rendir el primer tributo de acatamiento al supremo poder civil de la República. En ese paréntesis para visitar y ofrecer sus respetos al Presidente Urrutia en la mansión del Ejecutivo, deben ver todos los cubanos, todos los combatientes, todos los milicianos, todos los entusiastas, todos los escépticos, la suprema norma del ineludible deber del momento dictada limpiamente, sencillamente, con pureza ejemplar por el caudillo de las horas dolorosas y sangrientas de la batalla.

Con ese gesto ejemplar el doctor Fidel Castro rindió su rifle y los rifles de todos los que combatieron por restaurar el régimen de derecho ante la suprema autoridad civil de la nación. Y si alguien todavía recataba su aplauso a los combatientes, esa actitud debe bastar para que la carta de crédito que todo el pueblo ha abierto ante el nuevo gobierno no tenga ya limitación ni tacañería.

Vino luego el triunfal desfile por todas las calles de La Habana. No creemos que sea necesario glosar en forma alguna el incomparable desbordamiento de júbilo popular. Quien lo haya visto –y lo vio toda Cuba- sabe que sobran los comentarios. Sólo consignaremos que aplausos, flores, vítores y lágrimas, están gritando el anhelo de todo un pueblo por la definitiva instauración de un régimen de paz, de concordia, de trabajo, de hermandad cristiana entre los miembros de todos los sectores sociales que integran la nacionalidad.

Pero todavía el día histórico no se había terminado. Faltaba aún el medular discurso de Fidel Castro ante el pueblo congregado en Columbia. De sus palabras, terminadas a altas horas de la noche, tampoco creemos necesario la rúbrica de prolijos comentarios. El máximo guerrero de la revolución, el que empuñó el fusil cuando su gesto parecía quimera de muchacho, al llegar al corazón de la República al frente de sus miles de combatientes, dijo la palabra precisa, la que esperaba todo el pueblo de Cuba: “los fusiles, a los cuarteles”. Valientemente planteó las dificultades y los problemas que pueden sembrar obstáculos en la marcha recta del gobierno constituido. Señaló, con entereza ejemplar, para condenarlos con voz entera, propósitos de grupos particulares que pretenden conservar armamentos con miras egoístas. Fidel Castro expresó con palabras tajantes las mismas inquietudes, los ciertos desasosiegos que conturban al pueblo de La Habana durante las últimas cuarenta y ocho horas. Su denuncia viril debe bastar para que nadie se atreva a atentar contra la paz y la seguridad de nuestro pueblo. Cuba entera respaldará al Gobierno si alguien intenta prolongar el dolor y la sangre sobre una nación que ha vivido una década de sufrimiento.

Las terminantes expresiones del doctor Castro cuentan -y el pueblo de Cuba lo dijo ayer con voz entera- con un unánime respaldo. Terminó ya el combate heroico: llegó el minuto del trabajo eficaz; y la condenación del pueblo caerá sobre aquellos equivocados que quieran traicionar la voluntad unida de una nación que ha conquistado la paz y la concordia con raudales de sangre.

El doctor Fidel Castro -lo ha hecho en todos sus discursos a través de la isla- reiteró también en el histórico discurso de Columbia que la libertad de expresión no volverá a ser mancillada en Cuba. Con la sencilla serenidad que da tono fiel a todos sus discursos reiteró que la prensa no volverá a ser amordazada. El DIARIO DE LA MARINA se une a todos los colegas para reconocer y agradecer la repetición de la promesa. Y con plena conciencia de que las palabras del doctor Castro –que están ratificadas por los hechos del nuevo Gobierno que preside el doctor Urrutia- termina estas escuetas líneas de felicitación al líder y a sus hombres con la promesa de que sabrá –como siempre lo ha hecho a lo largo de su existencia centenaria- ser fiel a esos postulados de la libre expresión del pensamiento, aplaudiendo cuando deba aplaudir, orientando cuando crea poseer una verdad, censurando cuando halle una equivocación, un error, un desmayo.

Tras escuchar las palabras del doctor Castro estamos seguros que en muchas ocasiones sabrá agradecernos la crítica bienintencionada, la reflexión oportuna, la advertencia pertinente. En nuestro periódico –fiel a su historia- no encontrará el gobierno –y sabemos que tal es el espíritu que prevalece en la revolución- ni el aplauso servil ni la crítica inconsiderada, sino la colaboración leal de todos los que, como nosotros, continuamos al servicio de los intereses generales y permanentes de la nación cubana.

23/12/2008 2:33


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