Instrucciones (con orientales)

Para desesperados en EE.UU.

1) Distribúyanse copias de Understanding Marx, que cantaba el grupo Red Shadow (The Economics Rock & Roll Band) en los años setenta, a todos los periódicos y estaciones de radio y televisión.

2) Hágase envío masivo a los bloggers rabiosamente anti-Obama. Insístaseles en que han de reflexionar sobre la mención de Mao, un déspota oriental.

3) Móntese blog –hay plataformas asequibles hasta para los más desesperados en Radio Mambí- y sugiérase que Barack Obama –y sobre todo Michelle, ¡sobre todo Michelle!- se proponen rescatar esta canción que escuchaban en su juventud e instituirla como nuevo himno nacional de los EE.UU.

4) Rastréese cualquier relación de los animadores de Red Shadow con Barack Obama o alguno de sus amigos terroristas, musulmanes, etc. Alguna habrá. Basta buscarla. Encuentro furtivo, fiestecita privada, y hasta va y endorsement y colecta de fondos. El que busca, encuentra.

5) No se garantiza el éxito de la operación, pero sí a lot of fun. Y, encima, la banda no suena tan mal y recomienda un par de libros de lectura provechosa…



Understanding Marx

(Del album Live At The Panacea Hilton,1975)

Understanding Marx will straighten out your head (oh yes it will)
More than anything that you have read
Freud’s a fraud, and [B.F.] Skinner’s of no use,
Read Marx and Lenin – it will really turn you loose.

When I was in highschool, I sat in the back row and I thought to myself:
This is really for shit.
I just couldn’t wait to get out and do something on my own.
So I quit school and went out to look for a job.
First I waited tables,
Then I worked at Woolworths,
Then I emptied bedpans at the hospital.
But no matter where I worked – it was all the same,
And I got so I just couldn’t take it anymore.

One day I went home and I found my Ma sitting there.
She’d been fired by the phone company cos they said she was too old.
And I saw a book in her lap, and I asked her what it was.
She said, “Baby, that’s Capital Volume I, you know, by Karl Marx.”
And I said, “Huh?”
And she said, “That’s right – here, take a look.”
And I read that book, and now I’ve come to realise:
That as long as I have to sell my labour power to the Boss, I work for his profit – and not for myself and my fellow humankind!

(Chorus)

You know, I had me a nice lookin’ job,
And it paid pretty good, you know.
And I got myself a swimming pool, a Wide-Track Pontiac,
Even a SnowMobile – one of the Jap makes.
But the more I spent, the more I’d end up owing,
And I had to work overtime at the goddamn job!

Well, I’m in the locker room one night, after the shift,
And the janitor comes in, and he says:
“Fellow worker, you look mighty unhappy.”
And I said, “Huh?”
He said, “Read this,” and he gives me a book.
So I said, “What’s this?”
And he said, “It’s State and Revolution. It’s by Lenin.”

Well, I’m not a man who reads many books,
But I read that book, and now I know:
That as long as you sell yourself, you cannot be yourself!
And you cannot SnowMobile your way down the forest trail to Inner Peace!

(Chorus)

I graduated Magna Cum Laude/Phi Betta Kappa
And I thought I had a responsibility to help out people who didn’t know how to help themselves.
So I went into the Peace Corps, and I taught Nigerians how to fix cars and run hotels,
Then I came back home and went to D.C.
I doled out money for minority businesses,
You know: Black Capitalism.
Well, one day, some Congressman came to see one of my best projects.

I couldn’t believe my eyes!
The workers were on strike!
So I said, “What’s going on here?”
And they said, “Prices are high! Wages are low! And working conditions are terrible!”
And I said, “But… you’re working for one of your own kind!”
And they answered, “He’s not one of us! Here, read this!”
It was a little book called: On The Correct Handling Of Contradictions Among The People by Mao Tze-Tung.

I’ve read a lot of books, but when I read that book, well, now I understand:
That the only way to bring about social change is to organise a united mass movement based on the class interest of the Proletariat!

(Chorus x 3 – then fade out!)

 

Para desesperados en Cuba

1) Búsquese acceso a fotocopiadora.

2) Reprodúzcanse miles de copias del texto que sigue: un casi exhaustivo rastreo de la fundamentación jurídica para asesinar a tiranos y dictadores.

3) Establézcanse puntos en toda la capital para repartir las fotocopias. (Una caja de cartón y una sillita plegable bastarán para calificar como “punto de distribución”.)

4) Repártase.

5) Cuando aparezca el policía –“ciudadano, carné; carné, ciudadano”- hágasele notar el origen del texto repartido y la firma al pie.

6) Disfrútese entonces de una breve performance sobre el tema “Reflexiones de otro oriental”

Reflexiones de un oriental

“El derecho de rebelión contra el despotismo, señores magistrados, ha sido reconocido, desde la más lejana antigüedad hasta el presente, por hombres de todas las doctrinas, de todas las ideas y todas las creencias.

En las monarquías teocráticas de las más remota antigüedad china, era prácticamente un principio constitucional que cuando el rey gobernase torpe y despóticamente, fuese depuesto y reemplazado por un príncipe virtuoso.

Los pensadores de la antigua India ampararon la resistencia activa frente a las arbitrariedades de la autoridad. Justificaron la revolución y llevaron muchas veces sus teorías a la práctica. Uno de sus guías espirituales decía que “una opinión sostenida por muchos es más fuerte que el mismo rey. La soga tejida por muchas fibras es suficiente para arrastrar a un león.”

Las ciudades estados de Grecia y la República Romana, no sólo admitían sino que apologetizaban la muerte violenta de los tiranos.

En la Edad Media, Juan de Salisbury en su Libro de hombre de Estado, dice que cuando un príncipe no gobierna con arreglo a derecho y degenera en tirano, es lícita y está justificada su deposición violenta. Recomienda que contra el tirano se use el puñal aunque no el veneno.

Santo Tomás de Aquino, en la Summa Theologíca, rechazó la doctrina del tiranicidio, pero sostuvo, sin embargo, la tesis de que los tiranos debían ser depuestos por el pueblo.

Martín Lutero proclamó que cuando un gobierno degenera en tirano vulnerando las leyes, los súbditos quedaban librados del deber de obediencia. Su discípulo Felipe Melanchton sostiene el derecho de resistencia cuando los gobiernos se convierten en tirano. Calvino, el pensador más notable de la Reforma desde el punto de vista de las ideas políticas, postula que el pueblo tiene derecho a tomar las armas para oponerse a cualquier usurpación.

Nada menos que un jesuita español de la época de Felipe II, Juan Mariana, en su libro De Rege et Regis Institutione, afirma que cuando el gobernante usurpa el poder, o cuando, elegido, rige la vida pública de manera tiránica, es lícito el asesinato por un simple particular, directamente, o valiéndose del engaño, con el menor disturbio posible.

El escritor francés Francisco Hotman sostuvo que entre gobernantes y súbditos existe el vínculo de un contrato, y que el pueblo puede alzarse en rebelión frente a la tiranía de los gobiernos cuando éstos violan aquel pacto.

Por esa misma época aparece también un folleto que fue muy leído, titulado Vindiciae Contra Tyrannos, firmado bajo el seudónimo de Stephanus Junius Brutus, donde se proclama abiertamente que es legítima la resistencia a los gobiernos cuando oprimen al pueblo y que era deber de los magistrados honorables encabezar la lucha.

Los reformadores escoceses Juan Knox y Juan Poynet sostuvieron este mismo punto de vista, y en el libro más importante de ese movimiento, escrito por Jorge Buchnam, se dice que si el gobierno logra el poder sin contar con el consentimiento del pueblo o rige los destinos de éste de una manera injusta y arbitraria, se convierte en tirano y puede ser destituido o privado de la vida en el último caso.

Juan Altusio, jurista alemán de principios del siglo XVII, en su Tratado de política, dice que la soberanía en cuanto autoridad suprema del Estado nace del concurso voluntario de todos sus miembros; que la autoridad suprema del Estado nace del concurso voluntario del gobierno arranca del pueblo y que su ejercicio injusto, extralegal o tiránico exime al pueblo del deber de obediencia y justifica la resistencia y la rebelión.

Hasta aquí, señores magistrados, he mencionado ejemplos de la Antigüedad, la Edad Media y de los primeros tiempos de la Edad Moderna: escritores de todas las ideas y todas las creencias. Más, como veréis, este derecho está en la raíz misma de nuestra existencia política, gracias a él vosotros podéis vestir hoy esas togas de magistrados cubanos que ojalá fueran para la justicia.

Sabido es que en Inglaterra, en el siglo XVII, fueron destronados dos reyes, Carlos I y Jacobo II, por actos de despotismo. Estos hechos coincidieron con el nacimiento de la filosofía política liberal, esencia ideológica de una nueva clase social que pugnaba entonces por romper las cadenas del feudalismo. Frente a las tiranías de derecho divino esa filosofía opuso el principio del contrato social y el consentimiento de los gobernados, y sirvió de fundamento a la revolución inglesa de 1688, y a las revoluciones americana y francesa de 1775 y 1789. Estos grandes acontecimientos revolucionarios abrieron el proceso de liberación de las colonias españolas en América, cuyo último eslabón fue Cuba. En esta filosofía se alimentó nuestro pensamiento político y constitucional que fue desarrollándose desde la primera Constitución de Guáimaro hasta la del 1940, influida esta última ya por las corrientes socialistas del mundo actual que consagraron en ella el principio de la función social de la propiedad y el derecho inalienable del hombre a una existencia decorosa, cuya plena vigencia han impedido los grandes intereses creados.

El derecho de insurrección contra la tiranía recibió entonces su consagración definitiva y se convirtió en postulado esencial de la libertad política.

Ya en 1649 Juan Milton escribe que el poder político reside en el pueblo, quien puede nombrar y destituir reyes, y tiene el deber de separar a los tiranos.

Juan Locke en su Tratado de gobierno sostiene que cuando se violan los derechos naturales del hombre, el pueblo tiene el derecho y el deber de suprimir o cambiar de gobierno. “El único remedio contra la fuerza sin autoridad está en oponerle la fuerza.”

Juan Jacobo Rousseau dice con mucha elocuencia en su Contrato Social: “Mientras un pueblo se ve forzado a obedecer y obedece, hace bien; tan pronto como puede sacudir el yugo y lo sacude, hace mejor, recuperando su libertad por el mismo derecho que se la han quitado.” “El más fuerte no es nunca suficientemente fuerte para ser siempre el amo, si no transforma la fuerza en derecho y la obediencia en deber. […] La fuerza es un poder físico; no veo qué moralidad pueda derivarse de sus efectos. Ceder a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad; todo lo más es un de prudencia. ¿En qué sentido podrá ser esto un deber?” “Renunciar a la libertad es renunciar a la calidad del hombre, a los derechos de la Humanidad, incluso a sus deberes. No hay recompensa posible para aquel que renuncia a todo. Tal renuncia es incomparable con la naturaleza del hombre, y quitar toda la libertad a la voluntad es quitar toda la moralidad a las acciones. En fin, es una convicción vana y contradictoria estipular por una parte con una autoridad absoluta y por otra con una obediencia sin límites…”

Thomas Paine dijo que “un hombre justo es más digno de respeto que un rufián coronado”.

Sólo escritores reaccionarios se opusieron a este derecho de los pueblos, como aquel clérigo de Virginia, Jonathan Boucher, quien dijo que “El derecho a la revolución era una doctrina condenable derivada de Lucifer, el padre de las rebeliones”.

La Declaración de Independencia del Congreso de Filadelfia el 4 de julio de 1776, consagró este derecho en un hermoso párrafo que dice: “Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables entre los cuales se cuentan la vida, la libertad y la consecución de la felicidad; que para asegurar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos cuyos justos poderes derivan del consentimiento de los gobernados; que siempre que una forma de gobierno tienda a destruir esos fines, al pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios y organice sus poderes en la forma que a su juicio garantice mejor su seguridad y felicidad.”

La famosa Declaración Francesa de los Derechos del Hombre legó a las generaciones venideras este principio: “Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para éste el más sagrado de los derechos y el más imperioso de los deberes.” “Cuando una persona se apodera de la soberanía debe ser condenada a muerte por los hombres libres.”

Tomado de Fidel Castro, La historia me absolverá (1953).

 

UPDATE:

Cundo Bermúdez ha muerto.

En paz descanse, Maestro.

Cundo Bermúdez, Mujer peinando a su amante, Oil on Canvas, 75.6 x 60.3, 1945.

30/10/2008 20:53


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