¿Obama o McCain? ¿Por quién votaría yo?

Importa poco. No soy norteamericano y no voto en esas elecciones. Importa nada, más bien.

Pero escribir a diario sobre tantas cosas, también las elecciones en los Estados Unidos, hace que algunos amigos, que son también lectores, me pregunten. Me reten. “Oye, ¿por quién votarías? ¿Por qué no lo dices?”

Y no vale que me disculpe con que el voto es secreto. “Si el tuyo no vale, ¿por qué no dices a quién preferirías?”, insisten. Además, me reprochaban ayer: “Juegas a ganar tú, gane quien gane. Le tiras a la Palin, a Obama y a McCain. Como si te guardaras las espaldas para apuntarte después al ganador, sea quien sea.”

Lo malo es que con lo que sigue no podré complacerlos, como no lo hice de palabra, pero aquí va.

Alguien que no vota en las elecciones norteamericanas del 4 de noviembre, ni paga impuestos en los EEUU, ni educa allí a sus hijos o tiene allí a su médico, su contable, y sus obligaciones bancarias, se puede dar el lujo de mirar el asunto con cierta distancia. Alejarse así de ese frenético entusiasmo a favor o en contra de Barack Hussein Obama, responsable, por “sospechoso”, de las pasiones que sacuden a Norteamérica a poco más de una semana de la jornada electoral.

Yo podría votar por John McCain, cuya estrategia de campaña me disgusta y cuya compañera de ticket, esa Sarah Palin, me parece una redomada imbécil. Una de esas americanas brutas que asocio siempre con la primera vez que me subí a un vuelo interno en los EEUU y sufrí a una azafata rubia -rebuena que estaba, por cierto- que prodigaba una locuacidad y una falsa amabilidad que me habrían hecho pedir bajarme si hubiera viajado en una guagua. No es el caso de la Palin, en lo que a amabilidad se refiere, pero sí hay en su mirada y sus palabras ese antiintelectualismo feroz, ese provincianismo del espíritu que es el peor enemigo social de la inteligencia.

Pero podría votar por John McCain, porque en el fondo soy un conservador que detesta el entusiasmo de masas, el mismo que describe Ronald K. Knox a propósito de la historia de las religiones. Y sabe cuán pèligroso es ese entusiasmo y cuán vano. No se trata de que podría votar por John McCain porque me tema que Barack Hussein Obama sea musulmán o comunista. De hecho, los rotundamente imbéciles artículos que recibo a diario con tales acusaciones llevadas a la caricatura casi me empujarían a votar por Obama. (Hay uno de Armando Valladares que es de lo más bobo que he leído en lo que llevo leyendo. ¡Y mira que yo me soplé hasta al Zane Grey de mi abuela!) Pero, reparos aparte, podría votar a McCain porque caben pocas dudas de que sabría hacer valer la primacía de los valores que definen el modelo de civilización occidental. Son los valores en que los que yo creo por encima de los hipócritas llamamientos a la tolerancia que vocean los valedores del relativismo cultural. Son mis valores y él los comparte sin complejos, ni dobleces.

También podría votar por Barack Obama, un norteamericano como otros muchos que conozco. Norteamericanos que se avergüenzan de su país, porque les disgusta ser ciudadanos de un imperio. Norteamericanos que arrastran un historial de rechazo al sistema, porque entretenidos en detectar sus fallas, son incapaces de comprender el rol que juegan los EEUU en el mundo. Otra forma del provincianismo, pues, la de quienes querrían que su país fuera uno más, uno cualquiera, y por eso han coqueteado con ideas antiimperiales, que no “antinorteamericanas”. Se trata de pulsiones legítimas, aunque yo las considere perniciosas. Obama… Es cierto que por mucho que yo coincida con tanta gente que quiere ver reconducida la proyección de la primera democracia del mundo, y asista desolado al descrédito de los valores democrñaticos que cunde por Europa y más allá, me costaría jugármela por un presidente que, tal es mi impresión, no valora en su justa medida el rol que le cabe al imperio en la vindicación y, sí, la imposición de los valores democráticos en el mundo. Pero podría votar por él, sin embargo, porque sí confío, he escrito aquí sobre eso, en que la fuerza del sistema es superior a la tentación antiimperialista que pudiera abrigar aún Barack Obama. Y porque el conservador que soy no es ciego a la posibilidad de que los demócratas impulsen unos EEUU más fuertes, menos atados a fundamentalismos del mercado y la banca de la iglesia. Que sepan resituar al imperio en la geopolítica actual, algo que requiere audacia y riesgos. En ese sentido, votar por Barack Omaba sería un riesgo que yo podría asumir.

Cabría también la opción de no votar, pero esa la descarto. Voto siempre, desde que puedo hacerlo en libertad.

La aparente paradoja que entraña la posibilidad de poder votar por uno o por el otro no es tal. Tan sólo se lo parece a quienes prefieren la comodidad de la intransigencia, sea de izquierdas o de derechas. Tiene esa paradoja aparente su origen en fármaco que recomiendo: huir de la pasión en política -excepto cuando se trata de oponerse a una dictadura-, por razón tan sencilla como que los políticos profesionales carecen de ella. Y si alguno la tuviera, mi recomendación es que se huya de él como de la peste. McCain u Obama, Zapatero o Rajoy: la clave está en que a nadie pueden gustarle tipos como esos: bípedos movidos por la ambición de poder y dotados de una capacidad extraordinaria para engañar a las masas, movilizarlas, ponerlas a chillar, aplaudir, mentir, hacerse ilusiones… Por lo menos a mí, tales sujetos no me producen más que una atenta cautela.

Por otra parte, el carisma de Obama y la experiencia de McCain son dos invenciones ñoñas, que no deberían pesar sobre el voto de nadie. Basta atender a las poses estudiadas del primero para descubrir que su carisma no es más que una máscara estudiada largamente ante el espejo -¡y no en Indonesia, malpensados!-, como basta escuchar hablar a McCain sobre política internacional para descubrir que por largas que sean las millas que ha recorrido no le sirven para proponer ni una sola idea interesante, compleja. Es tan básico como mi vecina de arriba (por la que voté, por cierto, en las últimas elecciones para presidente de la escalera.)

La política, para el votante, ha de ser un mero trasiego de intereses personales y globales, de convicciones íntimas y de exposición de los valores propios. Todo ello, cuando se trata de confrontarlo con las urnas no pasa de ser, para mí, el ejercicio de un mecánico disgusto: votar por quien más se adecue a lo que uno espera de su desempeño en el cargo teniendo en cuenta los principales retos que le tocará encarar.

Y en estas elecciones, Barack Obama lo tiene jodido conmigo, porque las dudas que me plantean su falso intelectualismo y sus reticencias a la condición imperial del país que podría presidir superan la muy probable incapacidad del par McCain/Palin, torpones y carentes de imaginación global, para encarar los retos que los EEUU y Occidente todo tienen por delante.

También lo tiene jodido McCain: me repugna su campaña basada en sus penurias en Vietnam y su presunta condición de republicano disidente. Y carga con esa Palin que, para recordar sólo una, prefiere dar el dinero, dijo, a las familias con niños minusválidos antes que a las universidades que investigan con moscas, en “Paris, France”. ¡Ay, señor!

¿Que a quién votaría yo el 4 de noviembre, si votara, y dicho lo dicho? Muy probablemente a John McCain, porque soy un conservador, porque me gusta la inercia y porque descreo de los iluminados jaleados por las masas.

Aunque quién sabe, en este caso sí que hay “interacción” y puede que la inercia, que en el colegio definíamos como “la propiedad que tienen los cuerpos de conservar su velocidad si no hay interacción”, le convenga menos al Imperio que una leve sacudida… Y, oye, también los conservadores echamos una canita al aire (de la urna) de vez en cuando… (Y siempre acabamos arrepentidos, por cierto.)

Lo bueno, lo único bueno, es que la victoria de ninguno de los dos me va a torcer el gesto, o me lo torcerán los dos por igual. Y espero con ganas los próximos cuatro años de política norteamericana. Serán, con Obama o McCain, de lo mejor que se haya visto en política americana en años. Al menos, desde Ronald Reagan, que a mi edad es lo mejor que yo recuerdo.

 

De contra:

Si votara pensando en mi condición añadida de cubano, votaría, ahí sí, por Barack Obama sin duda alguna. También eso quede dicho.

27/10/2008 20:45


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