«Gobierno revolucionario»

Dicen «Gobierno revolucionario» y a uno se le eriza la piel como si escuchara raspar con una cuchara el fondo de un latón que lleva estampada la leyenda «Legitimidad». (O «Castroł».)

 

«Il faut du temps pour ruiner un monde, mais en fin, il ne faut que du temps», escribió Le Bouyer de Fontenelle, según interesada síntesis de Cyril Connolly. En realidad, había en las Entretiens… un diálogo que Connolly convirtió en tranquilizadora fórmula.

Eso es lo mismo que sucede con «Gobierno revolucionario». Exactamente lo mismo. Y también es cuestión de tiempo. Eso de lo que a la historia le sobra.

 

Alien (The Director’s Cut) y Memorias del subdesarrollo. Las veo en una misma sesión de domingo. Dos películas que no veía hace tiempo, aunque aprendidas ambas, como se aprende uno versos malos. «Si deshecha en menudos pedazos, etc.», por ejemplo.

No las había visto «juntas» antes. Sin embargo, deberían editarlas en pack que las reúna. Tienen más cosas en común que el «Gobierno revolucionario» de ayer domingo y el «Gobierno revolucionario» de siempre.

No obstante, hay pequeñas diferencias. En la primera, hay robot que sigue un plan. En la segunda, hay un plan que busca su robot. Ridley Scott maneja la culpa con más cintura que Gutiérrez Alea. Probablemente porque sabe que no es culpable de nada. Y los directores del ICAIC siempre eran culpables en potencia. (Esta es, por cierto, la única película en medio siglo de cinematografía cubana -¡en todo el tiempo de cinematografía cubana!- que uno puede ver más de dos veces por gusto, aunque sea por gusto.)

En Memorias… hay varios monstruos: el «Gobierno revolucionario», el Imperio norteamericano, los «gusanos», el Ancien Régime, el propio Sergio (Corrieri) Carmona. Más Elena y su familia, claro. Hay un montón de aliens para tan poca nave.

En Alien también los monstruos son varios. Las reivindicaciones «sindicales», el mencionado robot, la cadena de mando. Pero el de los dientes afilados y cuerpo de hierro es tan malo remalo que el espectador sabe siempre a qué atenerse. ¡Nadie quiere que ese bicho llegue al planeta Tierra!

El «Gobierno revolucionario» supo esconder mejor sus dientes.

Vistas las diferencias, más es lo que las reúne: la certeza de que un mundo nuevo amenaza con devorar una realidad basta, pero soportable.

Y hasta el imaginado bautizo de Eslinda Núñez encuentra su paralelo en la Sigourney Weaver que se desviste cuando cree que ha dejado atrás a la bestia.

 

Por último, ese paralelo magnífico: los frijoles negros que bailan en la barriga de una mujerona en Memorias… son tan amenazadores para la paz y la belleza como el alien que brota del estómago de John Hurt.

La certeza, tantas veces discutida por la realidad, de que la barriga es el cerebro de las víctimas.

 

Tengo un médico. Le pido citas a su secretaria. Mi médico se preocupa por mi espalda: «¡Tiene que cuidarse esa espalda, Jorge!», repite. Manda a inquirir por las proporciones de mi sangre. Me pinchan y llenan dos ámpulas enormes. Mi médico estudia los resultados con cara de saber mucho de sangre.

Nada habría de desasosegante en todo ello, salvo que mi médico, ese que vela por mi espalda y por mi sangre, se llama José Martí –¡José Martí!– y tiene consulta a escasos cien metros de mi casa.

–Doctor Martí –dice siempre la secretaria al interfono–: Ya ha llegado el Sr. Ferrer.

Y me estremezco cada vez, y me calmo, con la misma sonrisa que me arranca la expresión «Gobierno revolucionario».

 

UPDATE:

De la galería de Lázaro Saavedra:

28/04/2008 12:33


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