Pedro Vizcaíno, según Pau-Llosa, y más

UPDATE:

Fragmento del documental La historia de Elián que será emitido esta noche a las 10:00 pm por el canal Discovery para EE.UU. (No así por ninguna de las versiones de Discovery Channel disponibles por cable en España.)

 

Pedro Vizcaíno inaugura exposición el próximo 3 de mayo en Farside Gallery (1305 Galloway Rd., 87th Ave.), Miami.

Bajo el rótulo Matter Attacks, la exposición ha sido curada por Ricardo Pau-Llosa.

Por cortesía de Pau-Llosa y Vizcaíno con los lectores de El Tono de la Voz, aquí van el texto del catálogo y dos de las piezas que se expondrán.

LA MATERIA ATACA: OBRAS NUEVAS DE PEDRO VIZCAINO

Por Ricardo Pau-Llosa

No es un juego este vivir, por lo que lo llenamos de juegos. Lo llenamos de estrategias cuyas victorias no significan nada, ni tampoco sus derrotas—esto es lo que hacen los juegos, anulan lo indeleble que son las causas y efectos en la vida. Somos rabiosamente libres en los juegos; en ellos podemos ser la presa o el depredador, y el chillido de uno es intercambiable con el del otro. Cuando los juegos se rebelan contra su carácter absurdo inherente y libertador, se convierten en arte. Definen el arte. El arte es el juego en rebelión, cazando significación, asaltando la relevancia más allá del resultado del juego. El arte de Pedro Vizcaino incorpora estos conceptos, los articula, y —como podríamos esperar de un juego en rebelión— los subvierte también.

Las imágenes de Vizcaino están en constante movimiento en la mente. Es un movimiento que está secretamente arraigado en una subversión de los fundamentos del lenguaje. Esto constituye una sorpresa reveladora, pues es difícil imaginarse un arte con más radiactividad visual que el de Vizcaino. La interacción de sus referentes es difícil de definir. Verbos como intersectar y transformar no captan la manera en que diversos objetos se unen, se disipan, y estallan dentro de otros objetos. Es más, su arte pudiera abordarse como una búsqueda irreprimible de un nuevo verbo. La ambigüedad del título en inglés—“Matter Attacks”—es iluminadora: la materia puede ser la que ataca o, como en el caso de ataque al corazón, el título puede referirse a un colapso del mundo físico. Vizcaino también puede estar buscando un nuevo tipo de preposición, que las una todas a la vez. Sus taxis nos llevan hacia (a través de, desde, a lo largo de. . .) tanques, locomotoras, y armas de los que nacen zapatos y teléfonos celulares. Somos pasajeros atrapados por nuestros estados de ánimo anhelando ser simples rehenes. Las formas y texturas de este viaje se anotan aprisa con una ira que nace de la inocencia. En el arte de Vizcaino, el color es fuego porque no puede ser sangre.

Hasta los viejos y fieles substantivos se han unido al derrocamiento de los verbos y las preposiciones. Todo objeto lleva a flor de piel las marcas de la conspiración nominativa. Los medios por los cuales nos transportamos por el mundo que hemos creado—aviones, trenes, carros—han compartido imagen e intención con los medios por los cuales destruimos este mismo mundo—tanques, bombarderos, rifles. Porque viramos los ojos para no ver la traición, la pintura tiene que gritar, para acusar sino para prevenir. Contemplemos el juguete; es lo que el dios furioso de los relojes nos ha lanzado con un reto: jueguen, fascínense, piérdanse en sí mismos. Habrá infiernos que pintar.

Incrustar y cubrir las superficies de cajas de embalaje de cartón corrugado —protectores que, habiendo salido sus productos de sus cascarones, hace tiempo fueron desechados—extiende la conspiración nominativa para abarcar conceptos de espacio y forma. La rebelión cunde, los partisanos se multiplican. La silueta traiciona el huésped desaparecido, pero sus ironías resplandecen. La forma de la botella en el paquete es la botella de la botella—la forma que encubrió la forma. El eco hecho basura consigue la eternidad, pues el material de embalaje no es biodegradable, y la botella tiempo atrás se vertió y quebró en astillas destellantes abandonadas. La ironía nos devuelve a contemplar cómo percibimos el material de apoyo, el cartón, a su vez una cascarón que al no morir con el amanecer de su inutilidad, impone en nuestra atención sus airosas cámaras y doble piel de bronce. El cartón irrumpe en la pintura para revelar, no su fuerza, sino sus fracturas. El tanque cubierto en envases vacíos es el cascarón que destruye albergues, y alberga al destructor, como lo hace el arte, aun el arte hecho con cartón y grito. Y la risa, pues el niño anda suelto por un mundo que llama a las imágenes.

La materia ataca porque es abandonada, y está condenada a recomponerse luego que su espíritu se marcha. La materia está forzada a vivir en innumerables formas, y es el reloj que el tiempo no puede matar. La materia nos engañó—no es la madre de nadie. La materia es el niño irritante tirado en el centro comercial, chupándose el dedo, no atreviéndose a pestañar para no perder de vista a los padres haciendo muecas y escurriéndose hacia la salida. La materia es la huérfana que odia al espíritu. Cada una es el lenguaje del deseo de la otra—para continuar en el ser, suspira el alma; para culminar y escapar, llora el cuerpo. La materia no se rinde sin luchar. Compadécete del rebelde, quien no acepta ni tolera ningún consuelo.

Ilustraciones: Dos piezas de Pedro Vizcaíno: Airplane, Acrylic on paper, 41×25, 2004; Ganguero, Oil on linen, 71×50, 2008.

 

Lectura dominical:

Celestino antes del alba (fragmento)

Por Reinaldo Arenas

Mi madre acaba de salir corriendo de la casa. Y como una loca iba gritando que se tiraría al pozo. Veo a mi madre en el fondo del pozo. La veo flotar sobre las aguas verdosas y llenas de hojarasca. Y salgo corriendo hacia el patio, donde se encuentra el pozo, con su brocal casi cayéndose, hecho de palos de almácigo.

Corriendo llego y me asomo. Pero, como siempre: solamente estoy yo allá abajo. Yo desde abajo, reflejándome arriba. Yo, que desaparezco con sólo tirarle un escupitajo a las aguas verduscas.

Madre mía, ésta no es la primera vez que me engañas: todos los días dices que te vas a tirar de cabeza al pozo, y nada. Nunca lo haces. Crees que me vas a tener como un loco, dando carreras de la casa al pozo y del pozo a la casa. No. Ya estoy cansado. No te tires si no quieres. Pero tampoco digas que lo vas a hacer si no lo harás.

Lloramos detrás del mayal viejo. Mi madre y yo, lloramos. Las lagartijas son muy grandes en este mayal. ¡Si tú las vieras! Las lagartijas tienen aquí distintas formas. Yo acabo de ver una con dos cabezas. Dos cabezas tiene esa lagartija que se arrastra.

La mayoría de estas lagartijas me conocen y me odian. Yo sé que me odian, y que esperan el día… «¡Cabronas!», les digo, y me seco los ojos. Entonces cojo un palo y las caigo atrás. Pero ellas saben más de la cuenta, y enseguida que me ven dejan de llorar, se meten entre las mayas, y desaparecen. La rabia que a mí me da es que yo sé que ellas me están mirando mientras yo no las puedo ver y las busco sin encontrarlas. A lo mejor se están riendo de mí.

Al fin doy con una. Le descargo el palo, y la trozo en dos. Pero se queda viva, y una mitad sale corriendo y la otra empieza a dar brincos delante de mí, como diciéndome: no creas, verraco, que a mí se me mata tan fácil.

«¡Animal!», me dice mi madre, y me tira una piedra en la cabeza. «¡Deja a las pobres lagartijas que vivan en paz!» Mi cabeza se ha abierto en dos mitades, y una ha salido corriendo. La otra se queda frente a mi madre. Bailando. Bailando. Bailando.

Bailando estamos todos ahora sobre el techo de la casa. ¡Qué de gente sobre el techo! A mí me encanta encaramarme en las pencas de guano, y siempre encuentro algún que otro nido de totises acá arriba. Yo no me como los huevos de los totises, porque dicen que siempre están podridos, y entonces lo que hago es que se los tiro a la cabeza a mi abuelo, que siempre que me ve arriba de la casa, coge la vara larga de desmochar palmas y empieza a juzgarme como si yo fuera un racimo de palmiches. Uno de los huevos se le ha reventado a mi abuelo en un ojo, y yo no sé por qué, pero a mí me parece que se ha quedado tuerto. Pero no: a ese viejo hay que sacarle los ojos con una garrocha, porque lo que tiene ahí es más duro que el fondo de una caneca.

Bailando yo solo sobre el techo. A mis primos ya los he hecho bajar y están durmiendo entre los pinos. Dentro del cercado de ladrillos blancos. Y cruces. Y cruces. Y cruces.

«Para qué tantas cruces», le pregunté a mamá el día que fuimos a ver a mis primos.

«Es para que descansen en paz y vayan al cielo», me dijo mi madre, mientras lloraba a lágrima viva y se robaba una corona fresca de una cruz más lejana. Yo arranqué entonces siete cruces y cargué con ellas bajo el brazo. Y las guardé en mi cama, para así poder descansar cuando me acostara y no sentir siquiera a los mosquitos, que aquí tienen unas digas peores que las de los alacranes.

«Estas cruces son para poder descansar», le dije a mi abuela, cuando entró en el cuarto. Mi abuela es una mujer muy vieja, pensé, mientras me agachaba bajo la cama. «Toma estas dos cruces para ti», le dije a abuela, dándole las cruces. Y ella cargó con todas. «Hoy hay escasez de leña», dijo. Y cuando llegó al fogón las hizo astillas y las echó en la candela.

«¡Qué has hecho con mis cruces, desgraciada!», le dije yo, y, cogiendo un pedazo de cruz encendida, le fui arriba para sacarle los ojos. Pero con esta vieja no se puede jugar, y cuando yo tomé el palo encendido, ella cogió la olla de agua hirviendo que estaba en el fogón y me la tiró arriba. Que si no me aparto ahora estuviera en carne viva. «Conmigo no juegues», dijo abuela, y luego me dio un boniato asado para que me lo comiera. Yo salí para el guaninas, con el boniato a medio comer, y allí hice un hoyo y lo enterré. Luego inventé una cruz con una mata de guanina seca, y también la enterré junto al boniato muerto.

Pero ahora debo dejar de pensar en esas cosas y ver cómo me bajo del techo sin que abuelo me ensarte con el palo. Ya sé: iré por entre las canales de zinc como si fuera un gato, y cuando él menos se lo piense, me tiro de una canal y salgo corriendo. ¡Ah, si pudiera caerle encima a mi abuelo y aplastarlo! Él es el único culpable. Él. Por eso nos reunimos aquí yo y todos mis primos. Aquí, en el techo de la casa, como lo hemos hecho ya tantas veces: tenemos que planear la forma de que abuelo se muera antes de que le llegue la hora.

Esta casa siempre ha sido un infierno. Antes de que todo el mundo se muriera ya aquí solamente se hablaba de muertos y más muertos. Y abuela era la primera en estar haciendo cruces en todos los rincones. Pero cuando las cosas se pusieron malas de verdad fue cuando a Celestino le dio por hacer poesías. ¡Pobre Celestino! Yo lo veo ahora, sentado sobre el quicio de la sala y arrancándose los brazos.

¡Pobre Celestino! Escribiendo. Escribiendo sin cesar, hasta en los respaldos de las libretas donde el abuelo anota las fechas en que salieron preñadas las vacas. En las hojas de maguey y hasta en los lomos de las yaguas, que los caballos no llegaron a tiempo para comérselas.

Escribiendo. Escribiendo. Y cuando no queda ni una hoja de maguey por enmarañar. Ni el lomo de una yagua. Ni las libretas de anotaciones del abuelo: Celestino comienza a escribir entonces en los troncos de las matas.

«Eso es mariconería», dijo mi madre cuando se enteró de la escribidera de Celestino. Y ésa fue la primera vez que se tiró al pozo.

«Antes de tener un hijo así, prefiero la muerte.» Y el agua del pozo subió de nivel.

¡Qué gorda era entonces mamá! Sí que era gorda. Y el agua, al ella zambullirse, subía y subía. ¡Si tú hubieras visto!: yo fui corriendo al pozo y pude lavarme las manos en el agua, y, sin inclinarme casi, bebí, estirando un poco el cuello. Y luego empecé a beber utilizando las manos como si fueran jarros. ¡Qué fresca y qué clara estaba el agua! A mí me encanta mojarme las manos y beber en ellas. Igual que hacen los pájaros. Aunque claro, como los pájaros no tienen manos, se la toman con el pico… ¿Y si tuvieran manos y fuéramos nosotros los equivocados?… Yo no sé ni qué decir. Como las cosas en esta casa andan tan mal: yo no sé, a la verdad, ni en qué pensar. Pero, de todos modos, pienso. Pienso. Pienso… Y ya Celestino se me acerca de nuevo, con todas las yaguas escritas bajo el brazo, y los lápices de carpintería clavados en mitad del estómago.

-¡Celestino! ¡Celestino!

-¡El hijo de Carmelina se ha vuelto loco!

-¡Se ha vuelto loco! ¡Se ha vuelto loco!

-Está haciendo garabatos en los troncos de las matas.

-¡Está loco de remate!

-¡Qué vergüenza! ¡Dios mío! ¡A mí nada más me pasan estas cosas!

-¡Qué vergüenza!

Fuimos al río. Las voces de los muchachos se fueron haciendo cada vez más gritonas. A él lo sacaron del agua y le dijeron que se fuera a bañar con las mujeres. Yo salí también detrás de Celestino y entonces los muchachos me cogieron y me dieron ocho patadas contadas: cuatro en cada nalga. Yo tenía deseos de llorar. Pero él lloró también por mí.

Y nos cogió la noche en mitad del potrero. Así, de pronto, llega la noche en estos lugares. Cuando menos uno se lo imagina, nos sorprende. Nos envuelve, y luego no se va. Casi nunca aquí amanece. Aunque, desde luego, mucha gente dice que sale el sol. Yo también lo digo de vez en cuando. De vez en cuando. De vez en cuando. De…

«Que en la casa no se enteren de lo que han hecho los muchachos», me dijo Celestino, y se secó los ojos con una hoja de guayaba. Pero al llegar a la casa, ya ellos nos estaban esperando en la puerta. Nadie dijo nada. Ni media palabra. Llegamos. Entramos en el comedor y ella salió por la puerta de la cocina. Dio un grito detrás del fogón y echó a correr por todo el patio, lanzándose de nuevo al pozo… Cuando yo era más chiquito, abuela me dio una gallina y me dijo: «Síguela hasta que encuentres su nido, y no vuelvas a la casa si no traes los bolsillos llenos de huevos». Yo solté la gallina en mitad del patio. Salió corriendo. Dio tres revoloteos en el aire. Y desapareció, cacareando por entre las mayas y las espinas.

-Se me ha perdido la gallina, abuela.

-¡Desgraciado! ¡Mejor sería que te murieras!

Celestino se me acercó y me puso la mano en la cabeza. Yo estaba triste. Era la primera vez que me habían echado una maldición. Yo estaba triste y empecé a llorar. Celestino me levantó en alto, y me dijo: «Qué tontería…, debes ir acostumbrándote». Yo miré entonces a Celestino y me di cuenta que él también estaba llorando, aunque trataba de disimularlo. Y entonces comprendí que él todavía no se había acostumbrado. Por un momento yo dejé de llorar. Y los dos salimos al patio. Todavía era de día.

Todavía era de día.

Había caído un aguacero. Y los relámpagos, que no se habían satisfecho con el agua, pestañeaban y volvían a pestañear detrás de las nubes y entre las hojas altas de las matas de cañafístulas. Qué olor tan agradable queda después de un aguacero… Yo nunca antes me había dado cuenta de esas cosas. Me di entonces. Y tragué aire con la nariz y con la boca. Y volví a llenarme la barriga de olor y de aire. Ya el sol no saldría, porque había demasiadas nubes. Pero aún todo estaba claro. Caminamos por debajo de las matas de anones y yo sentía el fango mezclado con las hojas, traspasando los huecos de mis zapatos. El fango estaba frío, y a mí se me ocurrió pensar que estaba caminando por entre la nieve y que las matas de anones eran pinos de Navidad, y que toda la familia estaba en la casa, entre un no sé qué tipo de abejeo y bulla, que hasta entonces no había yo oído. «Qué lástima que en este lugar no haya nieve», le dije a Celestino. Pero ya él no estaba conmigo. «¡Celestino! ¡Celestino!», grité yo, muy bajo, como si no quisiera despertarme y encontrarme en mitad de un fanguero.

¡Celestino! ¡Celestino!…

De nuevo volvieron los relámpagos. Mi madre cruzó corriendo la nieve y me abrazó muy fuerte. Y me dijo «hijo». Y me dijo «hijo». Yo le sonreí a mi madre, y luego, de un salto, le abracé el cuello. Y los dos comenzamos a bailar sobre la tierra vestida toda de blanco. En eso los ruidos de las gentes que cantaban y alborotaban en la casa se nos fueron haciendo más cercanos: venían hasta nosotros con un lechón asado en púa y sin dejar de cantar. Todos los primos nos hicieron un coro y comenzaron a darnos vueltas. Mamá me levantó muy alto. Lo más alto que pudieron sus brazos. Y yo vi desde arriba cómo el cielo se iba poniendo más morado, y un aguacero más grande y más blanco que el que había caído comenzaba a zafarse de las nubes. Entonces yo me solté de los brazos de mi madre y corrí hacia donde estaban mis primos, y allí, todos comenzaron a dar unos saltos altísimos sobre la nieve y a cantar y a cantar y a cantar, mientras nos íbamos poniendo transparentes, tan transparentes como el suelo donde no quedaban garabateados nuestros brincos. Por un momento se escuchó un relampaguear muy fuerte. Vi al rayo derritiendo toda la nieve en menos de un segundo. Y antes de dar un grito y cerrar los ojos me vi a mí: caminando por sobre un fanguero y vi a Celestino escribiendo poesías sobre las durísimas cáscaras de los troncos de anones. Mi abuelo salió, con un hacha, de la cocina y empezó a tumbar todos los árboles donde Celestino había escrito aunque fuera solamente una palabra.

Tomado de Reinaldo Arenas, Celestino antes del alba, Barcelona: Tusquets, 2000.

27/04/2008 22:03


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