Cambio y exilio

Repta la transición PaP, el «poco a poco» que dijo Castro II. Los cubanos que viven en la isla y no reniegan del sistema ganan espacios para criticarlo. Es requisito sostener que la crítica se hace con vistas a mejorarlo, pero el gobierno admite que se diga «cambiar», además de «mejorar». Algo que es en sí mismo cambio y mejora a la vez.

Como primeros resultados de esas críticas, los cubanos han ido ganando derechos que antes les eran conculcados. Son pocos y de sustancia que todavía no afecta las bases del sistema. Pero ello sucederá cuando se realicen la reforma migratoria y la reforma de la propiedad, ambas a la vista.

Entretanto, los que trabajan la tierra ganan la posibilidad de hacer dinero y la de gastarlo en unos pocos bienes de consumo que hasta ahora se les prohibía adquirir.

El gobierno de Cuba ha asumido explícitamente que no se produce lo suficiente porque el sistema impuesto por Fidel Castro durante medio siglo es disfuncional y genera hambre. También que es un sistema represor por el gusto de reprimir. Que llamen «prohibiciones absurdas» a esa humillación cotidiana impuesta por Fidel Castro es menos de lo que nos gustaría escuchar, pero es mucho más de lo que cabía esperar.

Lo hacen sin nombrar al mono, cierto, pero dándole patadas a la cadena que no habían sido toleradas antes, los cubanos reconocen que el sistema no funciona. También los que gobiernan usan la palabra «cambio». El mono se revolvió hace unos días, porque siente los tirones de la cadena. A mí, lo he dicho de sobras, me encantaría que las patadas se las den al mono, pero lo que hay es lo que hay.

No es, pues, el Cambio que muchos exiliados anhelamos, pero es evidente para cualquiera que atienda a lo que está pasando en Cuba que se requieren nuevos discursos para interpretar y enfrentar el neocastrismo. Repetir machaconamente que «todo sigue igual» es mentir.

En cierto sentido, el actual escenario no es el peor de los posibles. Al menos, y en esto hay que atenerse a los hechos, no lo ha sido hasta ahora. Raúl Castro, un hombre en esencia sanguinario, no ha incrementado los niveles de represión, ni se ha mostrado más inclemente que el hermano, un temor que su hoja de servicios permitía –y aún permite– alimentar.

Por otra parte, es bien probable que encarar una transición que conmueva los cimientos de la casa que habita gente que lleva medio siglo –muchos, toda su vida– sin conocer más régimen que ése tenga más probabilidad de éxito perdurable si antes mejoran las condiciones de vida en el país. Salvo que alguien todavía crea que la implantación de la democracia traería réditos inmediatos –¡oh, milagro!– a país tan depauperado.

El exilio ha de leer lo que está sucediendo en Cuba como lo que es: una apertura con vistas a perpetuar el sistema el tiempo necesario para garantizar el poder a la clase política y económica del castrismo tardío, cuando ya no se pueda mantener la ficción ideológica de la revolución.

También ha de evaluar los cambios en su justa medida. Despojarse de una ceguera que puede llevar a que un día nos demos cuenta que Cuba nos ha adelantado por la izquierda.

El exilio supo leer a la Cuba inamovible de Fidel Castro y la denunció. Pero ahora hay la tentación de leer a la Cuba que se mueve dentro de parámetros de cambio que no nos complacen a quienes creemos en la democracia y el libre ejercicio de los derechos civiles como a una Cuba igualmente inamovible. «¿Cambios? ¡Ahí no ha cambiado nada!», se dicen, esclavos de la idea de que sólo un levantamiento popular y el desalojo violento de los Castro equivaldrían a un cambio.

Pero la historia es un animalito muy caprichoso. Y a veces hasta sabio. Como lo son los cubanos que levantan con más emoción el celular que la metralleta, mientras Granma les recuerda que no deben manejar conversando.

La pregunta del millón de pesos es en qué medida los cambios que impulsa el gobierno de Castro II alejan o acercan una Cuba democrática. Si hay socialismo y represión a la disidencia para unas cuantas décadas más o si, por el contrario, abierta una ventana, el aire puede acabar convirtiéndose en ventolera que se lo lleve todo.

Ilustración: Leandro Soto, La diáspora.

 

De contra:

En La Habana Elegante, Fermín Gabor sobre el VII Congreso de la UNEAC. El magno cónclave visto con los ojos de la peluquera del Palacio de Convenciones, Cuquita.

 

UPDATE:

Lo que no cambia es el celo de los esbirros y el valor de esas mujeres.

Más fotos de la actuación del comando femenino del Minint: policías, recepcionistas y secretarias.

 

UPDATE:

La quietud que proponen algunas de las fotos gana la crueldad y la violencia reales cuando las imágenes se mueven.


22/04/2008
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