«Princess», en Aguada de Pasajeros

«Princess» se lee en la camiseta que lleva esa mujer que acaba de enterrar a un hijo.

«Princess» en caracteres góticos, sobre un amarillo lavado ya mil veces.

La fotografía se tomó en Aguada de Pasajeros. La fatalidad de ese topónimo, que junta el agua donde murió ahogado el muchacho con su condición de pasajero de un viaje que se le convirtió en el último.

La fotografía del hijo muerto. Una foto de pasaporte del tamaño de un pasaporte.

La miseria que se adivina en las paredes manchadas. Las dos muchachas que miran fijamente a la lente del fotógrafo de EFE inclinado ante el sillón que ocupa la madre.

Ella, en cambio, desviando la vista a un lado, ajena al súbito y postrer protagonismo de ese pobre Yosvani Vera a quien mataron la desesperación y tal vez también los guardafronteras cubanos.

«Princess», lee uno, como quien asiste a un sarcasmo vomitado en el momento más inoportuno. Un título, rótulo o etiqueta que delata, como la foto y el cadáver ya enterrado, los viajes que esa pobre gente no hará jamás.

Descansen en paz las últimas, y todas, las víctimas de la tragedia cubana.

 

De contra:

«En los primeros meses del triunfo de la revolución los aguadenses vieron que un helicóptero aterrizaba en el placer detrás del Paseo Valentín Menéndez, y en segundo, casi sin posar sus ruedas el aparato en la tierra, comenzaron algunos a gritar por los portales de los comercios de la calle Martí: -“Es Fidel, es Fidel”- , y ni corto ni perezosos un grupo se mandó a correr hacia el helicóptero, entre los que se encontraban algunas conocidas muchachas.

»Cuando a Fidel Castro lo capturaron por lo del ataque al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, y lo condenaron debido a tal acción, comenzaron a regarse una serie de bolas (comentarios), y en una de esas bolas se decía que en las torturas que recibió lo habían capado, cosa que era incierta pues Castro vivía en la cárcel muy bien, y hasta recibía visitas de amistades que invitaba almorzar, y las fotos de su salida de la prisión mostraban lo bien que estaba él y su grupo, pero como dice el refrán, “en pueblo chiquito infierno grande”, la bola de que estaba capado seguía entre algunos circulando.

»Pues bien, cuando Castro bajó del helicóptero lo rodearon unos 20 o 30 aguadenses, y entre ellos las muchachas, y como se expresa popularmente, “que la curiosidad mató al gato”, una de las jóvenes que al parecer tenia ese péndulo de capado en su cerebro, se le tiró al pantalón, y la que se formó fue de coger balcones, Castro la separó de un empujón y con la misma se montó en el aparato y mas nunca fue por Aguada. Mas tarde la joven que era muy conocida en el pueblo, le contaba en secreto a sus amigas: -“No esta capado”.»

Cortesía de Eloy Escagedo Lliraldi, autor de una página dedicada a la memoria de Aguada de Pasajeros.

28/12/2007 11:29


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