Defensa de Héctor Palacios

A Teresa Cruz, miembro de la Junta de Directores de la Fundación Nacional Cubanoamericana, le han disgustado las dudas acerca de la entereza de Héctor Palacios y Gisela Delgado, dos reconocidos disidentes cubanos, aparecidas a raíz de su viaje a España el pasado viernes para que el primero reciba atención médica.

Teresa, recordará quien tenga memoria, fue la delegada de la FNCA a reunión disidente en La Habana, que resultó devuelta por las autoridades cubanas desde el propio aeropuerto. No fue ése, sin embargo, el único viaje que realizó a Cuba en nombre de la Fundación.

He defendido siempre que la actuación y los discursos de los opositores cubanos se han de juzgar como lo que son: actos y discursos políticos. Una postura que genera resistencias en quienes creen que la condición de perseguidos y acosados por la policía política castrista los exime de la crítica.

Así, recuerdo -siempre es buena ocasión para recordar a los censores: los de allá y los de aquí- cómo Encuentro en la red, diario digital que aparece en este mismo portal, censuró artículo que les envié a propósito de la condecoración de Elizardo Sánchez por la DSE.

Es, por tanto, debate que como cualquier otro, me parece legítimo y necesario. Estéril y mendaz, sin embargo, cuando viene mediado por el sempiterno «síndrome de la sospecha» o por el mero afán de deslegitimar a quienes se oponen a la dictadura dentro de Cuba. Y pagan con la cárcel, la enfermedad y la muerte lo que nosotros pagamos con el destierro.

 

Héctor Palacios: oposición y represión

Por Teresa Cruz

New Jersey

En varios viajes de trabajo que hice a Cuba en representación de la Fundación Nacional Cubano Americana, de cuya Junta soy miembro, visité a muchos disidentes y opositores, además de la redacción de la Revista Vitral y otros lugares. Algunos viajes eran muy cortos para evitar que detectaran los contactos, pero en otros tuve la necesidad de convivir con la oposición. Este trabajo se interrumpió cuando me regresaron desde el aeropuerto de La Habana, en ocasión de un intento de participar como observadora en la Asamblea para Promover la Sociedad Civil en el 2005.

Al convivir con la oposición -durmiendo en sus casas, viajando con ellos, participando de sus actividades diarias-, comprobé lo que ya sabía, a saber, que sus recursos económicos son muy limitados, que viven en circunstancias precarias. Los opositores nunca sabían cuándo yo aparecía, ni cuándo me iba. Hay que ver las circunstancias en que vive Marta Beatriz Roque Cabello y lo acorralada que está, dado el emplazamiento de su casa.

Doy esta explicación, porque soy testigo de la situación en que luchan los opositores y a título personal, quiero informar detalles de la vida de Héctor y su familia en Cuba.

Mi compatriota Héctor Palacios Ruiz está en España para tratar de mejorar su salud quebrantada por la prisión y la lucha incesante contra la tiranía desde que decidió escoger ese camino sembrado de incomprensión, dificultad, represión y aridez.

La aridez de la incomprensión; las formas de esta difícil lucha en un campo minado por el poder de la familia Castro que ha abandonado, desde el principio, la tarea de todo gobernante: mejorar la vida de sus conciudadanos y ofrecerles las opciones para vivir dignamente. Héctor Palacios Ruiz ha optado por luchar por un cambio hacia la democracia: una tarea que implica enormes sacrificios personales y un costo material y emocional enormes.

Si como se dice en comentarios publicados a raíz de la entrevista publicada en Encuentro en la red, Héctor vivía con prebendas, él las dejó a un lado para trasladarse al terreno de esa otredad peligrosa que es en Cuba el terreno de la oposición o la disidencia.

Héctor ha sufrido el ostracismo del régimen y la represión en el alma de su hija por matrimonio, Giselle, y de su madre. Sin hablar de la represión contra Gisela, en cuya casa se iniciaron las reuniones de las Damas de Blanco, en una de las cuales participé. Venían del interior del país y había que acomodarlas en la casa para que pasaran la noche.

En la Primavera Negra de La Habana, cuando se desató la razzia que comenzó precisamente en el apartamento de Héctor y Gisela con treinta militares armados que invadieron su casa para revolver y destruir papeles, libros, revistas y un viandero vacío, excepto por tres papas, otros agentes de la policía política, en esos mismos instantes, irrumpían en la casa de su madre octogenaria para registrar, revolver sus limitadas pertenencias, buscando alguna evidencia que justificara la condena a Héctor, que ya estaba impuesta. Mientras, un médico y un oficial le ofrecían a María dinero y medicinas para «ayudarla» en aquella «situación». Dinero y medicinas que rechazó esta digna cubana que vive de un mínimo ingreso y de los huevos que dan las gallinas que cría en el patio de su reducida casa. Y les dijo que no podía aceptar ninguna ayuda de las mismas personas que encarcelaban a su hijo por pensar de forma diferente.

A su hija Giselle comenzaron a asediarla en el preuniversitario donde estudiaba. Primero, el director que fue a su aula para hablar de los «vendepatrias» delante del resto de sus compañeros. Poco después, se reunió con ella la profesora que Giselle más quería para pedirle que renegara de su madre y de su padre. Giselle contestó valientemente. No fueron sólo el desconcierto y el dolor en su corazón los peores azotes de la represión, sino el hecho de que su maestra más querida le pidiera que abjurara de sus padres.

Muchas más cosas sobre la represión contra esta familia se me quedan en el tintero: los actos de repudio frente a la casa de dos mujeres solas, mientras el esposo y padre estaba a kilómetros de distancia en una celda mínima, por ejemplo. Y hay más.

Yo no vi la celda de Héctor, pero si estuve en la entrada de esa prisión en Pinar del Río, donde se espera para pasar a la visita o para dejar la jaba. Hay capas de suciedad en las mesas y olor a heces fecales humanas, y no porque los visitantes hayan abandonado sus costumbres higiénicas -somos uno de los pueblos que más se cuida de la higiene- si no porque el servicio sanitario estaba desbordado y cuando limpian -lo hicieron estando yo allí- pasan una escoba por el piso –o mejor: la arrastran. Lo hacen a la vez por el piso y las mesas. Ésa es la limpieza. Tan solo alcanzo a imaginarme cómo sería la celda.

Hasta allí llegué con Gisela Delgado y Elsa, la esposa de Arroyo, para que Héctor supiera que si no podía llegar hasta su celda, al menos llegaba hasta las puertas de la prisión. Pasé varios días en casa de Héctor. Nada había para comer y no crean que aporté mucho: todo lo que se recauda para la oposición apenas alcanza para transportarse y desarrollar el trabajo. En el caso de los presos, apenas para llevarles alimentos. El alto costo de la vida en Cuba hace de estas tareas trabajos de Hércules.

Cuando en esos días fui a ver a María, la madre de Héctor, la encontré preocupada pero firme, alegre por la visita. No hacía yo más que una mínima contribución, pues nuestro deber es estar presos con ellos, aunque aun en el exilio no seamos totalmente libres. Allí solo había lo mínimo para alimentarse, y el cariño de algunos vecinos fieles, el cuidado de José, hermano de Héctor. De lo que sí no había era de prebendas, ésas de las que Héctor estaría disfrutando, según comentarios que leo, si no hubiera escogido este camino.

Estuve en su casa, un mes y unos pocos días antes de su arresto en 2003. Con mucha calma, con el sosiego que le es habitual, me dijo que se acercaban días muy difíciles para la oposición. Héctor Palacios no rehuyó esa dificultad, no cesó en su empeño, hasta que se lo llevaron para las ergástulas. Hablamos hasta la madrugada. Él le mando a mi esposo Tony y a Remberto Pérez unos tabacos, regalo de unos campesinos del Escambray y llenó con eso de alegría mi casa: tener en nuestras manos tabacos de Manicaragua, torcidos por unos campesinos que cultivaban un metro de tierra, era otra expresión de libertad.

En todas las ocasiones en las que hablé con Héctor personalmente o por teléfono, su voz era firme y su cuerpo sólido, a pesar de que ya sufría malestares. Héctor es un hombre gentil, muy agudo, extremadamente inteligente, vacío de odios y con un gran amor a Cuba. Da gusto sentarse en la casa de Gisela y Héctor, en ese sillón de su familia al que le falta un brazo, inclinarlo hacia el balcón y ver como los helechos se enredan dibujando fantasías en el aire puro de esta casa donde viven unos de los seres más libres del mundo. Libres de una libertad que se paga con las rejas.

Ahora su voz sale entrecortada por las isquemias, y falta oxígeno en su sangre. Se lo nota débil y ha aumentado de peso por la falta de ejercicio en la prisión, lo que conlleva a más falta de oxígeno y a la imposibilidad que padece de hacer mínimos esfuerzos físicos. Héctor sufre intensos dolores.

Héctor es el mismo hombre de valentía serena que inició su lucha en esta guerra civil atípica que requiere estrategias y tácticas nada convencionales. A los soldados, en las guerras, se trata de recuperarlos físicamente para reintegrarlos al combate. Y esta es una guerra, por medios pacíficos, pero una guerra en la que los opresores sí tienen las ventajas de los chequeos médicos y la restauración física.

En la casa de Héctor y Gisela, la única joya que encontré fueron esos helechos enroscados en el balcón y vigilados desde el otro lado de la calle por miembros de las Brigadas de Respuesta Rápida. La historia de la represión contra los opositores no está aún escrita y no se conoce totalmente. Ojalá un día podamos hablar todos en paz sobre estas cosas en cualquier sala de cualquier cubano y podamos entendernos.

A eso aspira esta familia: a que todos participemos. Lo demuestra en su entrevista, en la que como hombre de honor agradece las gestiones a su favor sin dejar de criticar la postura del Gobierno de España.

Una vez más, Héctor Palacios pone el interés nacional por encima del interés personal.

Mientras tanto, ante ti, Héctor, ante ti, Gisela, y ante su familia, yo me quito el sombrero, como dicen en Madrid.

En la fotografía, tomada en el patio del Obispado de Pinar del Río, aparecen, de derecha a izquierda, Dagoberto Valdés, exdirector de la revista Vitral, Teresa Cruz, Gisela Delgado y un colaborador de la revista Vitral. La foto fue tomada de regreso de la visita a la prisión en la que se hallaba recluido Héctor Palacios.

29/10/2007


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