Venezia, II

De Venecia. De cumplir, o descontar, un año más de vida.

Con Marlene y Marta, hermosas. Con el entrañable Juan, al que no le llamo rebelde -siempre rebelde-, porque aquel ejército que se apoderó de Cuba en el cincuenta y nueve nos hurtó el valor de ese adjetivo, que tanto merecería.

Allá en Venecia, el agua, la extraña sensación de andar sobre una urbe que flota, que se hunde. Una isla de un corcho que sostiene demasiada piedra. La vida sobre pilares. La equívoca solidez de los inmuebles. La amenaza de que todo puede hundirse de pronto. La dudosa, aunque abrumadora solidez de la belleza, el permanentemente amenazado orden cósmico de las proporciones… El desasosiego que genera asistir a la cegadora grandeza del pasado de Venecia y a su evanescencia.

Podría pensar uno en Cuba paseando por Venecia. Juntar parábolas. Trazar paralelos. Pero ¿acaso alguien va a entretenerse en tales artimañas de la simbología comparada, cuando pasea entre tal acumulación de belleza juntada por los siglos, entre palacios trazados por la mano de Palladio?

Hace tres horas cruzábamos la Laguna, asomaba el sol por detrás de la Isola San Michele donde reposan Brodsky y Pound; más atrás, se alzaba el Campanile, vértice del ángulo que une la Piazzeta con la Piazza…

Y ahora, ya en casa, basta preguntarle qué hay de nuevo a la laptop para que me asalten con amenaza de video, con que si al Dux le llevaron camarita a su palazzo

Quiere irrumpir esa vulgar estampa, pugna por colarse, por devolverme a la hediondez. A la realidad.

Apartémosla unas horas.

Nuevo Orseolo sin Serenísima República, ¡esfúmate!

¡Y se esfuma!

La foto es cortesía de Juan Abreu.

24/09/2007 17:32


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