La muerte deseada

Se me ha reprochado mostrar alegría, y hasta ansiedad, por la venidera muerte de Fidel Castro. Según su origen, es reproche más o menos exaltado. Por ejemplo, en comentario a post de hace unas semanas, alguien afirmaba que tal sentimiento es cosa de miserables. Otros reproches se mueven en términos entre crísticos y kantianos, aquello de no desearle al prójimo lo que no se desea para uno mismo. Por último, ha habido quien me ha llamado a la cautela que ha de tener quien escribe y firma con su nombre propio. «Cualquiera puede desearle la muerte a ese hijo de puta, pero no lo pongas por escrito y firmes “jorge ferrer”», se me dijo.

Cuando se me afea el mero hecho de desear esa muerte, el querer que un anciano llamado Fidel Castro Ruz deje de respirar, advierto también una extraña piedad desarrollada durante este año y pico de convalecencia. Algo he dejado dicho ya sobre el estupor que me produjo inicialmente el asunto. Sobre el cómo personas que jamás mostraron piedad alguna por fusilados y presos, no se inhiben de mostrar ahora una nuevecita y de ojos tristes por quien fusiló y encarceló.

Una confusión de afectos que revela la dificultad que experimentan los cubanos, y muchos no cubanos, para desasirse definitivamente del trasiego medieval que han mantenido con el «comandante en jefe». La manera en que comienzan a separar al anciano que agoniza con traqueotomía y adlátera bolsita de excrementos, o sin ellas, de la figura histórica, cuyo influjo en el destino de Cuba ha sido tan totalizador que difícilmente acabará cuando los beeps del monitor que muestra su frecuencia cardiaca y respiratoria se junten por fin en átono pitido.

Lo cierto es que cuando esa muerte se produzca por fin, podrán pasar muchas cosas importantes. Como podrá no pasar ninguna. Hay, por lo tanto, parejas dosis de certeza e incerteza sobre la «utilidad» del desenlace.

Pero el problema de la sobrevida de Castro –uno más de los problemas que plantea- es que distingue durante demasiado tiempo al hombre del tirano. Por muy chabacanas que sean las imágenes en el Adidas e hilarantes gestos como aquellos molinetes que hacía saliendo de ascensor, la prolongación de la sobrevida humaniza porque banaliza al déspota.

Un proceso contra el que vale precaverse. Quien agoniza en sala de la que apenas conocemos el oficinesco mobiliario y adivinamos el olor a yodo no es estrictamente un hombre. Y despojarlo de esa condición es ejercicio previo a retirar de la voz «revolución» ese aire de victoria y tragedia, de sueño y pesadilla, que le es constitutivo.

Ni el paciente es un hombre en el sentido en que lo es cualquier otro cubano, ni la revolución es esa materia irrevocable que quiso asegurar aquella enmienda constitucional.

Hay, pues, que deshumanizar al caudillo anciano, como hay que desmitificar la revolución. Precisamente, la prueba de que el primero no es eterno es argumento en favor del carácter perecedero de la segunda.

Y quien se crea que son cuestiones resueltas… Ay, ése no sabe lo que está por ver.

 

De contra:

Un Rogelio Riverón en Granma.

Deliciosos sus «probablemente» y «no te sabría decir» que siguen a ese «No, nunca» tan enfático. Guerrita de los emails y carnaval de los adverbios: dos formas de apuntar a la verdad sin darle la consabida e higiénica patada a la lata.

«¿Censurado? “No, nunca. Y probablemente tampoco me haya sentido autocensurado, no te sabría decir por qué pero he escrito con libertad”.»

 

De recontra:

-Oye, jorgito, no has dicho ni mu sobre lo de la blogosfera cubana…

-No.

– La consigna es teorizar y clasificar… Como no te pongas a hablar de eso, te dejan fuera.

-Fuera ¿de qué?

-No sé… de… de eso…

-Te acuerdas de aquel judío que se marchaba a EE.UU. cuando la segunda guerra, triestino creo que era, y se encuentra a un amigo y se lo dice: «Me voy a América», y el amigo exclama: «¡A América! ¡Tan lejos!» Y el nuestro le replica: «¿Lejos de dónde?»

31/08/2007 14:18


Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.