El escritor y el futbolista

Las muertes casi simultáneas de Francisco Umbral, escritor, y Antonio Puerta, futbolista.

Umbral, autor prolífico y estandarte de una cierta literatura y un cierto periodismo españoles, deja más de ochenta títulos en los estantes de las bibliotecas. Hombre de letras en estado puro, Umbral es una pieza fundamental de la vertiente más díscola del casticismo español, situación oximorónica a la vez que constitutiva de una tradición que recoge a un González Ruano, un Gómez de la Serna, un Agustín de Foxá o un Eugenio D’Ors. Una tradición que tal vez haya muerto ayer con Umbral, porque sus epígonos dan de sí lo que pueden, que ya es poco.

El malogrado Puerta, 22 años, también murió ayer y también de una afección cardiaca que se hizo notar en un campo de fútbol. Jugaba en un club de fútbol de Sevilla. El año pasado dio una patada a un balón que esquivó los brazos de un portero, y clasificó a su equipo para jugar eso que llaman con engolado fervor una «final europea».

Cualquiera que en la noche de ayer se haya dado un paseo por la prensa digital española, o lo haga hoy mismo, notará la vulgar asimetría con que los diarios tratan ambas muertes: la del anciano hombre de letras y la del joven perseguidor de balones de cuero o de lo que sea que los hagan ahora los químicos de NIKE.

Peor aún es asomarse a la pantalla del televisor, donde llorosas muchedumbres hacen cola para decir adiós al cadáver del que corría sobre el césped.

Una desolación ante la pérdida de ese pobre muchacho que nos prepara para lo que viene el viernes: décimo aniversario de la muerte de Diana de Gales, icono del fin de siglo.

No, ¡más, qué coño!: ¡icono del fin de milenio!

Mil años enteros para acabar en esto.

Me pongo a trabajar hoy con la certeza de que si se desatara una hecatombe que acabara con esta civilización, los imposibles periódicos de la mañana siguiente no lamentarían la pérdida de lo poco que valdría la pena recordar.

 

De contra: Cortesía de El Mundo, donde Umbral escribía una columna diaria desde hace quince años bajo el epígrafe Los placeres y los días. Antes, hasta 1988 escribió para El País la serie Spleen de Madrid.

Todas las columnas que escribió desde 1994, están disponibles y ordenadas ahora en la web de El Mundo, único periódico que sacó hoy a los quioscos primera plana ajustada a los méritos de los difuntos.

LOS PLACERES Y LOS DIAS

Mi largo viaje a la derecha

FRANCISCO UMBRAL
Los niños españoles nacíamos falangistas como los niños moros nacen moritos. Era una cosa de la raza, cruzada con la política, que solía dar buenos resultados y gitanillos como El Lute, que ahora sale en este periódico muy honrado y bien elegido. Pero los niños, a pesar del franquismo y de la guerra ganada, no nacíamos de derechas ni de izquierdas, sino que ya éramos, en el vientre de la joven madre, unos hijos de la calle, la primera generación libre y libertaria que despuntaba en España, una cosa que la gran derecha no deseaba en absoluto porque aquellos señores iban a perpetrar una República, la II, y fuera del Ateneo no lo veían nada claro. Sólo los artículos de Ortega les fertilizaban un poco para poner bombas.

En mitad de este no ser una cosa ni otra, que le hubiera encantado a Sartre para escribir siempre contra sí mismo, ocurre que nací yo en una familia de izquierdas y tuve que iniciar en seguida mi largo viaje a la derecha, donde me estaban esperando los abuelos hidalgos y con título, los espejos requemados y lampasados del salón y, en fin, mi largo viaje a la derecha, que es el que metía a los falangistas en casa. Recuerdo a uno con esa cara de Fidel Castro que tienen todos los revolucionarios. Mi primo y yo jugábamos y dibujábamos con papeles, pero de pronto me eché a llorar porque mi primo mayor robaba siempre los lapiceros largos y a mí me quedaban solamente los de punta gastada. Era un pleito entre hermosos segundones, hasta que el falangista de turno cogió el lápiz largo, lo partió en dos y nos dio una mitad a cada uno.

Comprendí de golpe que eso era la revolución, lo que había vuelto revolucionario a José Antonio. Ya tenía yo mi programa político completo: tirar siempre a la derecha y romper muchos lapiceros. Los lapiceros eran para nosotros, niños revolucionarios, los molinos de Don Quijote. Pero aquel falangista amigo sin duda me encontraba todavía aspecto de lapicero mal afilado, de fascista sin apenas puntera, y me llevó al Retiro a montar en los autos de choque (entonces había: ahora sólo hay mamporreros que siguen buscando a Pío Baroja a media tarde, cuando pasea, para darle una pasada por rojo). Estas excursiones antibarojianas y otras aventuras impropias consiguieron hacer de mí un anarquista guapo, pues los anarquistas que salen feos tienen que ponerse al margen de la Historia a vender relojes parados en el Rastro.

Lo cual que Azaña y Franco nunca se llevaron bien. Don Manuel argumentaba con el militarismo francés, que había estudiado largamente en París, y Franco seguía muy puesto en el machismo académico de los Tercios de Flandes.

Cuando, en plena República, Franco salía de ver a Don Manuel pensaba asimismo que estos señores que van de gris no harán nunca la revolución pendiente, de modo que la hicieron ellos, los franquistas africaners, para que hoy la continuase Zapatero desmontando por el aire el caballo más inteligente de la Guerra Civil. La revolución la hizo Utrera Molina, según nos cuenta este periódico y según me ha contado a mí Utrera cuando viene de Málaga a echar versos (todo falangista lleva de relleno un poeta). Y un lapicero.

 

De recontra:En 20minutos, buena parte de los trailers de las películas en concurso en la Mostra de Venezia que comienza hoy su 64ª Edición.

Ojo con esa Nightwatching de Peter Greenaway, que recomiendo vaya acompañada de lectura previa del soberbio Los ojos de Rembrandt de Simon Schama.

29/08/2007


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