Los Lesnik viajan a Washington

Vivien Lesnik y su padre continúan paseando el hagiográfico The Man of Two Havanas, del que ponía el trailer aquí hace unos días, en ocasión de pase habanero ante autoridades y afines.

Ahora tocó pase en Washington. Ariana Hernández-Reguant conoce muy bien el cine de la one-and-a-half-generation y ha accedido a compartir con los lectores de El Tono de la Voz su visión de la película vista en Washington.

Man of Two Havanas (Vivien Lesnik 2007, 93’)

Ariana Hernández-Reguant

El pasado miércoles se presentó en Washington DC el nuevo documental de Vivien Lesnik, Man of Two Havanas. El filme, sobre la vida y tribulaciones de su papá, la figura del exilio histórico cubano Max Lesnik, venía avalado por una exitosa presentación en el festival neoyorkino de Tribeca, así como por el premio del IFP a nuevos realizadores latinos. El pase, por invitación, tuvo lugar en uno de los cines de la calle E, fue patrocinado por la revista The Nation y contó con la comparecencia de la propia cineasta, su padre como protagonista de la cinta, y varios miembros del Congreso norteamericanos, así como personal de la Sección de Intereses de Cuba entre el más o menos centenar de invitados (con predominio de corbatas y pelos grises). En vísperas de una votación en el Congreso que hubiera limitado los fondos a la “democracia” en Cuba (y que fracasó) Bill Delahunt, representante demócrata por Massachussets y miembro del subcomité de política exterior, fue quien estuvo a cargo de las presentaciones, y aprovechó para denunciar el amparo norteamericano a Posada Carriles y expresar su oposición al embargo. Lamentablemente no hubo tiempo para preguntas ya que aguardaba el buffet de recepción en un cercano restaurante de la Pennsylvania Avenue (irónicamente situado en el edificio Ronald Reagan).

Desde un punto de vista formal, la película está dentro del género de los “one-and-a-half films” -documentales producidos a lo largo de los últimos quince años por cubano- americanos de la “one-and-a-half generation”, como Adió Kerida, 90 miles, El Regreso, Our House in Havana, etc., y contrapartida de numerosas obras literarias de índole similar. Producto tanto de la ideología del multiculturalismo en boga en los Estados Unidos en los noventas (con su etnicización de la sociedad, “we are all hyphenated Americans”, y una búsqueda generalizada de raíces genealógicas en otro lugar) como de las aperturas de la política cubana, por una parte, y del embargo en cuanto a intercambios culturales, por otro, estas películas comparten hilo narrativo y discurso ideológico-cultural. En todas ellas, un miembro de esta generación, integrante de la clase media norteamericana y que se desarrolla con mayor soltura en inglés que en español regresa a la isla en busca de la historia familiar. Típicamente lo hace a La Habana -aunque a veces haya excursiones a otros lugares- y típicamente también va acompañado por un familiar, que puede ser un padre, un hijo o la propia pareja. Ni turista ni nativo, como apunta Ruth Behar, la narrativa suele expresar la trayectoria entre uno y otro (en el sentido de “self” and “other’) que si en algunos casos es puramente metafísica, en otros requiere de validación social autoritativa -en Man of Two Havanas es el propio Alfredo Guevara quien le asegura a Lesnik que ella no es una turista a pesar de su falta de familiaridad con el entorno y su asombro ante la cotidianeidad cubana de la calle.

Todas estas películas son documentos autobiográficos en los que el autor es a la vez actor protagonista tanto de un viaje histórico-geográfico como de un viaje interior y de reconciliación con los progéneres. En esta ocasión se trata del acercamiento entre una hija y su padre – se pudiera leer un subtexto “eléctrico” en la actitud dócil, deferente y admirativa de esta última, en su búsqueda de la atención y aprobación de ese hombre que siempre antepuso sus compromisos políticos a la familia –por ejemplo Lesnik pasó su luna de miel mas pendiente de Fidel Castro que de su nueva esposa. Porque tal como se muestra en la película, Lesnik era un hombre dedicado a la causa revolucionaria que se casa no con una pobre necesitada de emancipación sino con una muchacha de ascendencia europea, rubia, de buena figura y familia bien. (Según declara la madre del propio Lesnik en la película, lo primero que éste le reportó tras atisbar a su futura esposa fueron sus medidas de busto, cintura y cadera). Así pues, Lesnik casóse con la hija de un empresario y de una dama de sociedad cuya principal ocupación era jugar a las cartas, cimentando así la alianza revolucionaria con la burguesía capitalina. Con ella tuvo dos hijas antes de exiliarse en Miami en enero de 1961 y continuar la lucha por sus ideales que no eran ni comunistas ni conservadores, ahora ya no como barbudo guerrillero sino como periodista; ya no con las armas sino con la pluma. Y en esos avatares es que crecen sus dos hijas, con guardaespaldas y persianas echadas, en el espacio privado de un hombre público. Y preguntándose por qué a su papá le importaba más Cuba que ellas.

La búsqueda de esa respuesta guía la narrativa. ¿Por qué esa lealtad a Cuba por encima de todo? En Man of Two Havanas, como en todas las otras peliculas de su género, el espectador es testigo de un descubrimiento: el descubrimiento de las raíces en una tierra que ya no es lejana; una tierra que si antes fue mítica ahora es real, entrañablemente real. Es la «homeland», versión anglo-germánica de la patria, y la conexión con ella no es necesariamente política, ni lingüística, ni siquiera cultural si por cultura entendiéramos tradición intelectual y quehacer diario. La relación es emotiva, espiritual, afectiva, familiar, y, de hecho, ese tributo visual, la película, Lesnik la dedica a su familia en la isla, “a los once millones” y pico de cubanos.

Este detalle numérico tiene una importancia clave. Once millones y pico son los que viven en la isla y no fuera de ella. Los del exilio son otra cosa, y a excepción de familiares y amigos, aparecen en la película en calidad de energúmenos, terroristas, políticos corruptos y gritones radioescuchas. Ellos no son los verdaderos cubanos. Como se dice en el documental, los auténticos cubanos son los que están “allá”, en la isla. Y ¿por qué los protagonistas de esta historia, uno se preguntará, se marcharon de allá? Eso nunca queda claro. En una ocasión en que el propio Castro se lo pregunta a Lesnik, éste responde que porque no estuvo de acuerdo con la alianza con los soviéticos, pero a riesgo de parecer naïf yo diría que uno no se exilia por un desacuerdo de política exterior. En realidad uno no se exilia sino que lo exilian -tal y como explica Ponte en su última novela: hay ostracismos impuestos, “destierros” internos, que anteceden la decisión de exiliarse. Y, más obvio aún: uno no se imagina que a la pregunta del líder de una revolución con el que Lesnik está en gracia, la respuesta vaya a ser otra cosa que diplomática. Del mismo modo, no se acaba de entender que si por tan poco se fuera de Cuba, por mucho más no se fuera de Miami, donde, como él dice en la película, durante mucho tiempo estuvo sentenciado a muerte y sólo un milagro lo mantuvo entre los vivos.

En varias ocasiones Lesnik insiste en que no es ni nunca fue comunista, y en la película se le presenta como una suerte de llanero solitario que nunca define su pensamiento político y económico, más allá de su afinidad e histórica amistad con la cúpula revolucionaria, su repulsa de la derecha de Miami, y su defensa de la libertad de expresión, En un programa radial con llamadas en vivo, en el que denuncia el terrorismo hacia Cuba, un oyente le pregunta si el ataque al cuartel de Moncada no fue también un acto de terrorismo. Lesnik, sin paciencia para argumentar una respuesta, que tal vez pudiera haber argumentado la diferencia entre violencia arbitraria contra civiles, y acción guerrillera dirigida a una toma de poder político, lo despacha a cajas destempladas y le corta la comunicación. (Me pregunto que pensará Lesnik de la toma del poder por parte de Hamas en Gaza).

Así pues la película nos lleva por las tribulaciones de Lesnik padre en el exilio en Miami –sus esfuerzos por sacar adelante un periódico critico de la derecha cubano-americana, Réplica, y proponente de un dialogo político con el gobierno en La Habana, frente a amenazas, bombas, e incluso el asesinato de su íntimo amigo Luciano Nieves, y la paralela indiferencia de las fuerzas del orden y seguridad norteamericanas. Se incluyen interesantes escenas televisivas de archivo en las que Orlando Bosch y Posada Carriles racionalizan sus actos terroristas, conversaciones informales con amigos de la familia Lesnik como Maggie Alarcón y Alfredo Guevara, así como entrevistas originales con personajes como Bernardo Benes, Anne Louise Bardach, y un agente del FBI relacionado con las estériles investigaciones de los ataques a dicho periódico en los años setenta (Esta última entrevista una de las más logradas del documental, en la que el agente termina por mostrar su vergüenza ante tan mal trabajo).

Pero una de las mayores regalos de este documental para el aficionado cubanólogo y/o cinéfilo es el abundante footage de archivo de los tiempos inmediatamente anteriores y posteriores al triunfo de la revolución (incluyendo irónicamente unas escenas del decadente ambiente de los cabarets habaneros poblados de turistas americanos que proviene nada menos que de Yo Soy Cuba, donde los supuestos turistas son en realidad actores rusos). Aunque el material documental, en gran parte inédito en las pantallas norteamericanas, tiene como objetivo situar y legitimar la figura de Lesnik como revolucionario de bona fide junto a la plana mayor del régimen cubano, su interés para el espectador medio reside previsamente en su novedad histórica-documental. En su mayor parte, las imágenes proceden de archivos cubanos y fueron facilitadas por Alfredo Guevara a la realizadora de modo gratuito gracias a los lazos de amistad entre Lesnik padre y el director del ICAIC.

Al final de la película, la hija termina por conseguir la plena empatía con su padre, mientras Lesnik continúa entre dos aguas (es decir, entre dos Habanas). Ella ha comprendido que no hay contradicción entre Cuba y su padre, ya que ambos son lo mismo, pater-patria, y él se mantiene en la lucha por un diálogo entre el gobierno cubano y, con suerte, una izquierda norteamericana pro-business (no hay que hacerse ilusiones de otra cosa). En la última escena, ella aparece en una manifestación anti-embargo expresando sus ideas –que ya sí son las del padre- con fervor ante las cámaras de reporteros locales, dando lugar a una sonrisa cómplice compartida con su padre que la observa de lejos. Y así, ambos, padre e hija, convergen en la defensa de la unidad social, económica y nacional defendida por todos desde Friedrich Engels a George Bush hijo: la familia; la lucha por la unidad de la familia cubana dividida no por diferencias generacionales o ideológicas, y ni siquiera por la incruenta emigración sino por un embargo que actualmente restringe la visitas familiares a una vez cada tres años. (Imagino que la contrapartida de liberalizar las visitas en ambas direcciones sería la eliminación de la Ley del Ajuste Cubano, responsable precisamente de la copiosa emigración de Cuba hacia los EEUU. O sea, lo que se llama en inglés un catch 22).

Documento con ánimo de “verdad” y reflexión autobiográfica al mismo tiempo, uno se pregunta si lo segundo no será un cómodo marco para lo primero (algo así como un colchón que amortigüe las críticas que seguro le vendrán a la película desde la derecha). Como toda verdad, Man of Two Havanas no es exclusivamente el producto de la subjetividad individual, sino también el de una historia social. En cuanto a lo primero, sin embargo, la visión de la hija se funde con la convicción del padre, y es que la relación de una hija con su padre a menudo marca la vida entera y no hay psicoanalista que lo arregle. Supongo algo parecido suceda con la relación de cualquier hombre con su madre, y sin embargo pocos tienen la valentía de presentar sus autoritarivas ideas en el contexto del amor o desamor de su mamá. El espectador, por tanto, debe ver la película no sólo como documento social sino como revelación íntima. Al fin al cabo, en Cuba por lo menos, la posición de voyeur conjuga ambas miradas.

25/06/2007 16:56


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