Contrarrevolucionarios

Tal vez a Antoine Compagnon le faltó consignar la hipnótica avidez con que se asiste al derrumbe, entre las características de los antimodernos -alias, los contrarrevolucionarios, los tradicionalistas, los conservadores…-, que cataloga en libro de lectura absolutamente obligatoria: Los antimodernos (Acantilado, Barcelona, 2007). Impagable su análisis de mis dos reaccionarios de cabecera: Chateaubriand y De Maistre. Soberbio el empujón con que eleva a Baudelaire al altar de los contrarrevolucionarios más genuinos.

El orden alfabético, que es un orden que esconde muchos secretos, ha querido que Los antimodernos, en mi librero, vaya a alojarse a apenas un palmo del volumen de E. M. Cioran que recoge, en español, el ensayo más agudo que se ha escrito sobre De Maistre, “Ensayo sobre el pensamiento reaccionario (A propósito de Joseph de Maistre)”, y justo encima, libro más o menos, del Chateaubriand. Poésie et terreur, de Marc Fumaroli. Forman un apretado triángulo que serviría para ahuyentar al homo festivus de la misma manera con que se paraliza a un vampiro esgrimiendo un crucifijo. Dado que en España es cada vez más difícil alardear de crucifijos, uno podría pensar que el editor Jaume Vallcorba va camino de convertirse en productor de nuevos, y demoledores, cartuchos para cargar los mosquetes de la resistencia.

De Maistre, y su determinismo providencialista: “Nunca se repetirá bastante: no son los hombres los que hacen la revolución, es la revolución la que usa a los hombres. Y cuando se dice que la revolución marcha sola, se está diciendo la verdad. Esta frase significa que nunca la Divinidad se ha mostrado tan claramente en ningún acontecimiento humano. Y si emplea los instrumentos más viles, es porque castiga para regenerar.”

La cercanía de ese determinismo punitivo con la doctrina judía del galut, o exilio, como castigo por una culpa originaria. No hay que desdeñar la perspectiva de que Revolución y exilio, los dos extremos sobre los que pivota todo el ser cubano del último medio siglo, sean secuelas de un orden natural. Y nada más. Baudelaire: “El hombre, es decir, cada uno de nosotros, es un ser tan depravado por naturaleza que acepta con más facilidad el envilecimiento universal que el establecimiento de una jerarquía razonable”.

 

La mirada atontada con que asistimos al dominio de la imbecilidad universal, me empuja hoy a leer, todas juntas, estas palabras: “el enfadoso bicolor rojo y blanco de su ondulado logotipo”. Tal es el eufemismo, o circunloquio, con el que se refiere a la Coca Cola Rafael Sebastián Guillén Vicente, alias, Subcomandante Insurgente Marcos, Cara de Estambre…, fenómeno mediático venido a menos, uno de los muchos rostros sin rostro del frenesí revolucionario. Así de fácil es reconocer a un imbécil. Basta con mirar a sus ojos o atender a su letra.

 

Pero me regala también la lectura de la carta que Desmond Tutu y Madeleine Albright publican en Allafrica.com. ¿Cuánto hay que esperar para llevar a Mugabe ante un tribunal? Este párrafo magnífico, su reclamo final de un “dando y dando”:

“The crisis in Zimbabwe raises familiar questions about the responsibilities of the international community. Some argue that the world has no business interfering with, or even commenting on, the internal affairs of a sovereign state. This principle is exceptionally convenient for dictators and for people who do not wish to be bothered about the well-being of others. It is a principle that paved the way for the rise of Hitler and Stalin and for the murders ordered by Idi Amin. It is a principle that, if consistently observed, would have shielded the apartheid government in South Africa from external criticism and from the economic sanctions and political pressure that forced it to change. It is a principle that would have prevented racist Rhodesia from becoming Zimbabwe and Robert Mugabe from ever coming to power.”

 

Meet the Press: La Jiribilla:

También se reconoce a un imbécil, cuando uno lee esto:

“El ensayo purgatorio de sus desasosiegos incluye en esta ocasión un viaje referencial al campo natal, al dolor degenerativo y una buena dosis existencialista. Tal vez sí o tal vez no sea suficiente y eficiente esta Conversación en el huerto para redimir íntegramente esas angustias que provocan al más informalista Montoto. Habrá que esperar para saber cuanto de expresionismo contenido ha sido capaz de lavar la Tortura rosa, cuantas cábalas abstraídas guarda la pared de Maleficios y cuantos moldes rígidos habrán de gastarse para encontrar el verdadero Tránsito. Pero tras esta serie de criptográficas y gnómicas metáforas, donde el artista se devuelve a un pretérito irresuelto desde una desfiguración antinarrativa y mordaz, ya se va haciendo impostergable un futuro donde habrá que reconceptualizar mejor a Montoto y evitar ese reiterativo uso y abuso del juicio sobre su condición clásica, barroca y académica, haciéndose necesario el asumirlo omnímodamente, como el de siempre y por completo en el cultivo inteligente de la pintura.”

Acorralado entre tanto palabro indecente, el adjetivo “mordaz” parece ahí una palabra extranjera.

31/03/2007


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