Vanguardias

Aparece por fin el dossier sobre Cuba que La Vanguardia lleva meses preparando. Trae textos de Andrés Serbin, Elizabeth Burgos, Carmelo Mesa-Lago, Carlos A. Saladrigas, Carlos Franqui, Rafael Hernández, Marifeli Pérez-Stable, Rafael Rojas, Susanne Gratius, Juan Gabriel Tokatlian, Jorge Edwards e Iván de la Nuez. Además, como es propio de estas ediciones, abundantes tablas, gráficos y cuidada cronología.

Iván de la Nuez y Rafael Rojas me ceden fragmentos de sus textos para insertarlos aquí a modo de avance. Mis gracias a ellos y a La Vanguardia.

 

Liberaciones, deliberaciones y libaciones. Crónica personal de las relaciones entre Cuba y España

Iván de la Nuez

(…) En España abundan especialistas sobre los asuntos más disímiles de la isla. Y los viejos consuelos coloniales se han transformado en consuelos modernos con todo tipo de fórmulas para el presente y el futuro de Cuba. Si las deliberaciones coloniales hablaban de Cuba como el paraíso perdido, algunas liberaciones revolucionarias asumen la isla como la utopía prometida. Hay otras razones que, digámoslo así, rozan lo clínico, como las de un escritor al que he escuchado decir que “Cuba le quita la depresión”. Ahí tenemos a esa isla, tantas veces loada como potencia médica, en nuevas funciones farmacéuticas; como un prozac, un viagra, una anfetamina tropical…

No sería honesto, al final de esta brevísima crónica, abstraerse de un hecho ineludible: la persistente e incluso creciente relación entre españoles y cubanos no acostumbra a ser una relación entre iguales. Los cubanos no pueden atravesar la Ley de Extranjería española como los turistas y empresarios peninsulares atraviesan la aduana cubana, ni los nativos de la isla –en su isla- tienen permitido pernoctar en los hoteles como sí lo hacen los españoles. En esta doble dirección se mantiene la típica división entre un país del tercer mundo y otro que vive en la zona privilegiada del planeta, entre una monarquía parlamentaria y un sistema comunista; en fin entre dos sociedades distintas que, por más que insistan en encontrarse e incluso amalgamarse no dejan de tener persistentes fronteras entre ellas.

La crónica sentimental entre Cuba y España dista mucho de estar terminada. Ojalá persista cuando cubanos y españoles puedan sentarse frente a frente sin las rémoras coloniales, sin la exclusividad simbólica de la Revolución, sin la frívola posibilidad abierta por el turismo. No porque lo profundo o lo secreto, lo frívolo y o escandaloso, lo orgiástico y utópico, sean malos per se. Sino porque todo eso podría explotar mejor si ocurriera entre iguales.

 

La inmensa minoría

Rafael Rojas

Durante los últimos veinte años, por lo menos, se ha discutido fuera de Cuba si en la isla existe eso que en cualquier democracia se llama una oposición. Hace algunas semanas, desde las páginas de El País, Andrés Ortega, en un inteligente artículo, afirmaba que no, que no era lo mismo la disidencia que precariamente logra articularse bajo un orden totalitario que una oposición plena como la que se organiza en sociedades abiertas o una oposición controlada como la que funciona en regímenes autoritarios.

En Cuba, ciertamente, no existe un registro mínimo de libertades públicas como para que se despliegue, de cara a la ciudadanía insular, una oposición visible, con liderazgos propios y programas diversos. Sin embargo, en los últimos quince años la disidencia cubana ha ganado cada vez más reconocimiento en la opinión pública de las democracias occidentales, especialmente, en Estados Unidos y Europa. Iniciativas tangibles, claramente expresadas y moderadamente concebidas, como el Proyecto Varela, impulsado por Oswaldo Payá Sardiñas y el Movimiento Cristiano de Liberación, contribuyeron mucho a esa visualización externa de los opositores cubanos.

De acuerdo con las firmas recabadas por el Proyecto Varela, poco antes de la represión de la primavera del 2003, habría unos 25 000 cubanos en la isla dispuestos a apoyar un referéndum nacional en el que se decida o no una reforma de la vigente Constitución de 1992, que conceda derechos económicos, civiles y políticos a la ciudadanía. Si a esos 25 000 se suman los dos millones que, fuera de Cuba, desean el cambio y se les confronta con los ocho millones que -voluntariamente o no- firmaron el plebiscito oficial a favor del “socialismo irrevocable”, en 2002, entonces habría que reconocerle a la oposición cubana, al menos, el status de minoría demográfica en un país de once millones de habitantes.

Además de la disidencia interna, los otros dos espacios importantes de la oposición cubana son el exilio y la política cubano-americana. El primero está relacionado con los partidos y organizaciones políticas (Partido Demócrata Cristiano, Coordinadora Socialdemócrata, Unión Liberal, Directorio Democrático Cubano…) que la emigración ha sostenido durante décadas fuera de la isla. El segundo tiene que ver, por un lado, con la presencia de cubanos o descendientes de cubanos en los gobiernos locales y nacionales y en las legislaturas estatales y federales de Estados Unidos y, por el otro, con la consolidación, en los últimos treinta años, de asociaciones civiles vinculadas al lobby cubano en Miami y Washington como la Fundación Nacional Cubano-Americana o el Cuba Study Group.

El importante respaldo que el Proyecto Varela y otras iniciativas y organizaciones de la oposición interna, como Todos Unidos, la Asamblea de la Sociedad Civil, las Bibliotecas Independientes y el Arco Progresista, han logrado en la comunidad internacional tiene que ver con el sentido pacífico y negociado de la transición democrática que sus principales artífices (Payá, Roca, Sánchez, Roque, Palacios, Cuesta Morúa…) han defendido. La apuesta por un cambio gradual y pactado ha merecido el apoyo de algunas zonas de la izquierda democrática, incluso en una región tan crítica de Estados Unidos como América Latina, porque coloca a esos líderes muy cerca del postulado de una oposición leal que se relaciona con un gobierno históricamente legítimo.

Ese es, sustancialmente, el mayor desplazamiento político que la oposición cubana de la isla ha operado respecto a la posición tradicional del exilio y las administraciones norteamericanas. De acuerdo con esta última, el régimen cubano es ilegítimo, debido a que no se basa en el estado de derecho, el gobierno representativo, la división de poderes, la libertad de expresión y asociación y la competencia electoral equitativa. Aunque teóricamente acertado, el tratamiento de la Habana como gobierno ilegítimo implica la validez de políticas de desestabilización o castigo, conducentes al derrocamiento o la asfixia, como las que han movilizado tradicionalmente a Washington y Miami.

La oposición de la isla, obligada siempre a negociar sus vínculos con el exilio y Estados Unidos, de donde procede, en efecto, la mayor parte del apoyo financiero y político que recibe del exterior, funciona con una lógica más inmediata: para resistir un totalitarismo es preciso jugar con las únicas reglas del juego que existen en el país y que no son otras que las del propio régimen. Así, aunque no se llame a engaño sobre la naturaleza antidemocrática del gobierno de Fidel Castro, la oposición insular, a diferencia del exilio, se siente obligada a relacionarse con el Estado que la persigue y la encarcela como si éste fuese legítimo.

 

De contra: Lengua viva, el catalán suma palabras. Así, la nueva edición del Diccionari de la Llengua Catalana, del Institut d’Estudis Catalans incluye, entre páginas de anglicismos, novedades tales como xador, progre, nueva acepción de cabró, aiatollà… Fascinante la capacidad de los lingüistas para reconocer y honrar a los futuros amos.

 

De recontra:Grizzly Woman ya tiene nombre.

27/03/2007 17:45


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